En el Foro Económico Mundial de Davos, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, dijo una frase que debería haber encendido todas las alarmas. Frente a empresarios, líderes políticos y periodistas, afirmó sin rodeos, a todo el mundo que lo miraba por TV: “Me dicen dictador. Está bien. A veces se necesita un dictador. Yo soy un dictador del sentido común”.
No fue una ironía perdida ni un exabrupto improvisado. Fue una autodefinición explícita, pronunciada desde el centro mismo del poder global.
Lo llamativo además de la frase, fue lo que vino después. O, mejor dicho, lo que no vino. Buena parte de los grandes medios (por supuesto los argentinos cercanos a la embajada norteamericana también) optaron por interpretarla, contextualizarla o directamente no destacarla.
Como si el problema fuera el tono y no el contenido. Como si autodefinirse dictador fuese apenas una ‘licencia retórica’ y no una señal política de enorme gravedad.
El dictador del “sentido común”
La fórmula elegida por Trump no es inocente. El “sentido común” aparece como un concepto tranquilizador, casi amable. Pero justamente ahí reside el riesgo. A diferencia de la ley, de la Constitución o de las instituciones democráticas, el sentido común no se vota, no se controla y no admite apelaciones. Es una categoría abstracta, personal y unilateral. Cuando el poder se ampara en ella, deja de necesitar justificaciones.
La historia ofrece ejemplos de sobra. Líderes que llegaron por las urnas y luego gobernaron como autócratas. Alemania en los años treinta, Italia en el período de entreguerras, Hungría, Turquía, Venezuela.
No se trata de países sin tradición democrática, sino de sociedades que confiaron en que las instituciones bastarían para contener al líder. A veces funcionó. Otras veces, no.
Elegidos por el voto, absolutos en el poder
La diferencia inquietante es que Trump no habla desde una república periférica ni desde un sistema híbrido. Habla desde Estados Unidos de Norteamérica, el país que durante décadas se presentó como garante y exportador de la democracia liberal. Que su presidente diga que ser dictador puede ser necesario marca un quiebre simbólico de enorme magnitud.
La comparación incómoda aparece sola. ¿Qué distancia real hay entre un “dictador del sentido común” y un ayatolá que gobierna en nombre de una verdad superior? ¿O con el líder de Corea del Norte, que encarna la voluntad histórica del pueblo? ¿O con lo que fue Nicolás Maduro en Venezuela hasta su secuestro ordenado por Trump el 3 de enero de 2026?
Cambian los discursos, pero el mecanismo es el mismo. La convicción de que el poder no necesita límites cuando cree tener razón.
El silencio también gobierna
En este escenario, el rol de los medios resulta decisivo. Algunos suavizan, otros reinterpretan, otros callan. Como si no nombrar la palabra dictador evitara su efecto corrosivo. Como si el problema fuera semántico y no político. El humor cínico se impone casi solo, porque cuando el poder se define a sí mismo, ya no necesita propaganda; le alcanza con que nadie lo contradiga demasiado fuerte.
Tal vez el mayor peligro no sea que Trump se haya asumido como dictador, sino que esa idea empiece a sonar razonable.
Que la democracia pase a verse como un trámite, un estorbo o un lujo prescindible. Y que, en nombre del sentido común, se naturalice aquello que durante décadas (especialmente después de la Segunda Guerra Mundial) se prometió no volver a repetir.

