El gesto fue breve, silencioso y profundamente incómodo. Ian Sielecki, embajador argentino en Francia y representante del gobierno libertario de Javier Milei, se negó a comenzar una audición oficial en la Asamblea Nacional francesa al advertir que detrás suyo había un mapa donde las Islas Malvinas figuraban como territorio de Gran Bretaña.
No hubo gritos ni discursos altisonantes: simplemente marcó un límite. Hasta que ese mapa no fuera tapado, no iba a hablar.
Así lo expresó: “Lamentablemente debo señalar que existe un pequeño problema, señor presidente, que, en realidad, es un gran problema para mi país. Acabo de notar que estoy sentado frente a un mapa que muestra a las Islas Malvinas y el Atlántico Sur como si formaran parte del territorio del Reino Unido”.
Sielecki continuó diciendo: “esto constituye un problema grave en distintos niveles, especialmente desde el punto de vista jurídico”. “No puedo, en mi carácter de representante del Estado argentino, expresarme libremente frente a ese mapa, ya que hacerlo implicaría legitimar una situación que constituye un atentado contra la soberanía de mi país, contra la dignidad misma de la Argentina y, sobre todo, una violación flagrante del derecho internacional“. Y hasta lo comparó con Ucrania, porque trajo como ejemplo supuesto la soberanía de territorios de ese país en disputa con Rusia, y se preguntó si lo mismo harían con un diplomático ucraniano.
Un simple papel adhesivo sobre el archipiélago evitó un incidente diplomático mayor, pero el episodio ya estaba lanzado a rodar. En un contexto donde la política exterior argentina parece haber corrido el reclamo por Malvinas a un segundo plano, la escena protagonizada por Sielecki resultó tan inesperada como reveladora.
Quién es el embajador que se plantó en París
Ian Sielecki no responde al perfil tradicional del diplomático de carrera formado íntegramente en Cancillería.
Politólogo, con estudios en instituciones de elite europeas y una larga vinculación con el mundo político francés, conoce en profundidad los códigos simbólicos de la diplomacia internacional. Justamente por eso, su decisión de no hablar frente a ese mapa no fue ingenua ni improvisada. Fue un gesto calculado, cargado de sentido.
Desde su llegada a la embajada en 2024, bajo el actual gobierno libertario, Sielecki mantuvo un perfil técnico, enfocado en la relación bilateral, la cooperación económica y el vínculo con inversores franceses.
Nada en su trayectoria reciente hacía prever una escena de afirmación soberanista clásica, de esas que parecían archivadas en el discurso oficial argentino.
La paradoja Malvinas del gobierno libertario
Ahí aparece la contradicción central. El embajador que se plantó por Malvinas representa a un gobierno que nunca propone este debate, que evita pronunciamientos enfáticos sobre la soberanía y que no incluye el reclamo en el centro de su política exterior.
Mientras desde Buenos Aires el tema incomoda o se relativiza, en París fue un funcionario del propio oficialismo quien dijo basta.
El contraste se vuelve aún más evidente si se tiene en cuenta que el reclamo argentino por Malvinas suele ser una de las pocas políticas de Estado con consenso transversal.
Sin embargo, en la era Milei, ese consenso parece haberse vuelto incómodo. Por eso el gesto de Sielecki descolocó tanto a propios como a ajenos.
Aplausos inesperados y silencios oficiales
La reacción no tardó en llegar desde un lugar impensado. Juan Grabois, ubicado en las antípodas ideológicas del presidente Milei, destacó y felicitó públicamente al embajador.
El diputado y dirigente social valoró el gesto soberanista y lo señaló como una defensa clara de los intereses nacionales. En tiempos de polarización extrema, el episodio logró algo poco frecuente, como es un reconocimiento transversal.
Mientras tanto, el silencio del gobierno nacional fue tan elocuente como el adhesivo en el mapa. No hubo comunicados celebratorios ni respaldo explícito. Y ahí surge la pregunta inevitable: ¿este gesto tendrá costos internos?
¿Un gesto que puede costar caro?
En un gobierno que castiga los desalineamientos y que exige disciplina discursiva, la actitud de Sielecki abre un interrogante incómodo. ¿Fue una convicción personal tolerada por excepción o una osadía que podría traerle consecuencias? ¿Habrá reprimendas puertas adentro o incluso una eventual destitución?
Por ahora, lo único claro es que el embajador dijo algo que su propio gobierno no dice. Y lo hizo sin discursos, sin consignas y sin épica. Como si hubiera dejado flotando una frase imposible de ignorar: “no se habla con un mapa pro británico a las espaldas”.

