La potencia mundial que durante décadas señaló con “superioridad moral” a regímenes personalistas como Irán o Corea del Norte acaba de ofrecer una “postal difícil de ignorar”. Se anunció en las últimas horas una edición oficial del pasaporte con la imagen del presidente, y máximo líder supremo, Donald Trump.
El gesto, presentado como “homenaje patriótico“, no se puede soslayar que remite más al culto a la personalidad que a la liturgia republicana que Washington suele predicar puertas afuera. A los argentinos nos remite a las zapatillas del olvidado gobernador bonaerense Carlos Ruckauf.
Cuando una democracia necesita estampar el rostro del líder en sus documentos más simbólicos, la frontera entre institucionalidad y propaganda empieza a volverse inquietantemente difusa.
Documento como símbolo político
El pasaporte es una de las credenciales más importantes que emite un Estado, porque certifica identidad, nacionalidad y vínculo jurídico con el país.
Por eso, en la mayoría de las democracias modernas su diseño suele privilegiar símbolos permanentes (paisajes, monumentos, hitos históricos, próceres fallecidos, obras culturales), más que figuras coyunturales en ejercicio del poder.
Cuando la imagen del gobernante en funciones irrumpe en ese terreno, el mensaje cambia. En ese caso no se celebra “la nación” en sí misma, más bien se lo hace a quien la conduce en ese momento.

Esa lógica remite a sistemas políticos donde el Estado, el gobierno y la figura que comanda, tienden a fundirse en uno solo.
Lo que Washington suele denunciar afuera
Durante décadas, la diplomacia estadounidense cuestionó a países catalogados como “regímenes” por prácticas como el culto a la personalidad, la propaganda estatal personalizada y la utilización de símbolos públicos para reforzar liderazgos.
Corea del Norte fue, quizás, el ejemplo favorito de ese señalamiento, con retratos omnipresentes, centralidad absoluta del líder y una estética estatal subordinada a una familia gobernante.
Irán, Venezuela, Cuba, Rusia o China también fueron descriptos muchas veces desde medios occidentales con énfasis en la concentración de poder, el control simbólico y la fusión entre aparato estatal y liderazgo político.
La paradoja aparece cuando una potencia, supuestamente liberal adopta, aunque sea en versión soft y con modales democráticos, gestos que se parecen demasiado a aquello que condena.
La doble vara de los medios
Gran parte de la prensa internacional, por supuesto incluida Argentina, suele leer estos fenómenos según el país donde ocurren.
Si una nación “adversaria” a sus intereses decide colocar la imagen de su líder en documentos oficiales, los titulares, los editoriales (y los Leuco, Majul, Viale, Feinmann, y otros replicantes de consignas pro norteamericanas) hablarían de personalismo, propaganda o deriva autoritaria.
Si sucede en Estados Unidos, la cobertura puede presentarlo como excentricidad, estrategia comunicacional o simple anécdota cultural.
Esa diferencia de tratamiento no es de ahora. La geopolítica también organiza sentidos periodísticos: lo que en unos casos es “culto”, en otros es “branding”; lo que allá es “régimen”, acá es “polarización”; lo que en terceros países sería escándalo institucional, en Washington se narra como folklore partidario.
El eco en países aliados
Dirigentes alineados con la agenda estadounidense, como el presidente Javier Milei, suelen utilizar el término “régimen” para referirse a gobiernos adversarios ideológicamente, en especial de América Latina. La palabra no es inocente ya que busca quitar legitimidad democrática y asociar al rival con autoritarismo.
Sin embargo, cuando en Estados Unidos emergen rasgos personalistas (hiperliderazgo, épica nacionalista, descalificación sistemática de opositores, centralidad absoluta de la figura presidencial) el vocabulario cambia. Ya no se habla de régimen, sino de “estilo político”, fenómeno cultural o batalla electoral.
El problema no es la foto de Trump
Ningún pasaporte por sí solo convierte a una democracia en dictadura. El punto de discusión no es una imagen aislada, sino el clima político que la vuelve posible y celebrada. Cuando la identidad nacional empieza a condensarse en una persona viva, en funciones y polarizante, aparece una señal de época.
El tan mencionado “populismo” contemporáneo no siempre necesita cometer censura permanente ni ser parte de un sistema de partido único. Alcanza con transformar cada gesto estatal en homenaje al conductor y cada crítica en “ataque a la patria”.
Estados Unidos construyó durante décadas (y también exportó a sus países satélite) una narrativa donde las democracias liberales estaban vacunadas contra el personalismo que atribuían al resto del mundo. Pero la historia ahora muestra que ni ellos están exentos de caer en simbolismos que antes señalaban con el dedo como emergentes de autoritarismo populista.
El pasaporte con el rostro del líder Trump deja al descubierto algo más profundo, como es que la distancia entre la “república ejemplar” tipo “modelo a seguir”, y la política del culto personalista y absolutista, a lo Kim Jong-un, puede ser bastante más corta de lo que los medios de comunicación admiten.

