Cada 11 de septiembre, la memoria histórica suele poner el foco en Domingo Faustino Sarmiento, nacido en San Juan en 1811 y presidente de la Nación entre 1868 y 1874. Pero en Buenos Aires, esa fecha tiene otra carga simbólica, mucho más ligada a las disputas políticas del siglo XIX que a los manuales escolares.
El barrio de Once, con su estación de trenes y su vida caótica, no remite al “padre del aula”, sino al 11 de septiembre de 1852: el día en que Buenos Aires decidió separarse de la Confederación Argentina.
Aquel año, tras la caída de Juan Manuel de Rosas en Caseros, se firmó el Acuerdo de San Nicolás. Ese pacto establecía las bases para organizar el país bajo una Constitución nacional.

La rebelión de 1852
Sin embargo, en Buenos Aires no todos estuvieron de acuerdo. El 11 de septiembre de 1852, sectores porteños —militares, políticos y comerciantes— se sublevaron contra el acuerdo y proclamaron la secesión de la provincia, que pasó a constituirse como un Estado autónomo, con su propia constitución, su propio ejército y hasta su propio sistema de aduanas.
Durante casi una década, la Argentina estuvo partida en dos: por un lado, la Confederación con capital en Paraná; por el otro, la llamada “República de Buenos Aires”.
En ese contexto nació el Ferrocarril Oeste, una de las obras más emblemáticas del progreso de la ciudad. Inaugurado el 29 de agosto de 1857, partía desde la Plaza del Parque (hoy Plaza Lavalle, donde se levanta el Teatro Colón) hasta la estación de La Floresta.
La primera terminal extramuros se construyó en la actual Plaza Miserere, y pronto empezó a ser conocida como “Estación Once de Septiembre”, en homenaje a la fecha de la secesión. El nombre no fue casual: era una manera de afirmar la identidad porteña en un tiempo en que Buenos Aires funcionaba como un Estado independiente.
Con la reunificación nacional tras la batalla de Pavón en 1861 y la asunción de Bartolomé Mitre como presidente en 1862, el conflicto político se saldó. Pero el nombre ya había quedado instalado en el lenguaje popular. La “Estación Once de Septiembre” siguió siendo referencia para miles de trabajadores, comerciantes y viajeros que llegaban desde el oeste del Gran Buenos Aires. Con el tiempo, la denominación se simplificó, y hoy todos hablan simplemente de “Once”.
Del ferrocarril al barrio
Esa carga histórica, sin embargo, se esconde detrás de la vida diaria. El barrio creció como epicentro comercial, primero con los inmigrantes judíos, luego con peruanos, bolivianos y senegaleses que mantienen viva su impronta de mercado y encuentro.
Pocos de los millones de pasajeros que cruzan la estación saben que el nombre recuerda una jornada de ruptura y no a Sarmiento, cuya figura quedó asociada al 11 de septiembre por su fallecimiento y por la decisión de establecer esa fecha como Día del Maestro.
Así, Once es mucho más que una estación de tren: es la huella en el mapa urbano de una Buenos Aires rebelde, que durante diez años se pensó distinta al resto del país. Un barrio que guarda en su nombre una de las claves de la historia argentina.

