Lejos de la imagen de paz y consenso que proyectan los actos escolares, el Congreso de Tucumán de 1816 se gestó en un clima de derrota y aislamiento. Con Fernando VII de regreso en el trono decidido a recuperar sus colonias y una Europa en plena restauración monárquica, la declaración de la independencia no fue un festejo, sino una maniobra de supervivencia militar.
En una charla a fondo en el programa Parecemos Buenos Amigos, el historiador Facundo Lafit (UNLP-CONICET) propuso el concepto de “In-Independencia” para explicar un proceso que, desde su origen, estuvo marcado por la rosca política y la exclusión de gran parte del territorio, como el Litoral y el Paraguay.
La presión de San Martín: “Es ridículo seguir fingiendo”
Uno de los motores del Congreso no fue la diplomacia, sino la urgencia de los ejércitos. Lafit destacó la presión fundamental de José de San Martín y de Martín Miguel de Güemes, quienes exigían una definición legal para poder avanzar con la guerra.
Para el Libertador, la “máscara de Fernando VII” ya no tenía sentido: “Es ridículo que sigamos, ya tenemos bandera, tenemos nuestros propios símbolos, venimos ya hace varios años haciendo una guerra y seguimos fingiendo que estamos gobernando en nombre de Fernando VII”, citó Lafit sobre la postura del General. Tan precaria era la situación que, apenas diez días después de la firma, el 19 de julio, debieron agregar a la declaración la frase “y de toda otra potencia extranjera”, para frenar a los sectores que ya buscaban protectorados portugueses.
El “Rey Inca” y el racismo de la élite porteña
La gran discusión del Congreso no era solo si separarse de España, sino bajo qué modelo. Belgrano y San Martín impulsaban una monarquía constitucional con un descendiente de la dinastía incaica al trono. Esta idea buscaba legitimar la revolución ante las poblaciones Aymara y Quechua, disputando su lealtad frente a los realistas.
¿Quién era el candidato? Aunque no hay certezas, la mayoría de los historiadores apunta al nombre de Juan Bautista Túpac Amaru, el medio hermano menor del líder rebelde inca Túpac Amaru II (José Gabriel Condorcanqui), quien estaba encarcelado en España.
Sin embargo, el proyecto fue sepultado por el desprecio de Buenos Aires. Lafit rescató el tono violento de la oposición porteña, personificada en Tomás de Anchorena, quien rechazó de plano la idea de un soberano indígena: “Vamos a tener un miembro de la raza color chocolate sentado a patas y borracho en el trono”, llegó a decir el primo de Rosas.
Tras ese racismo se escondía una disputa de poder: el plan del Rey Inca trasladaba la capital a Cuzco, dejando a Buenos Aires —que en ese entonces era una “aldea marginal” frente al esplendor de Potosí o la ciudad peruana— en un segundo plano.
Una declaración “lavada” y la semilla de la anarquía
El resultado final del 9 de julio fue lo que el historiador define como una “declaración medio lavada”. Se cumplió el objetivo de mínima de declarar la independencia, pero se “cajoneó” la discusión sobre la forma de gobierno para no romper la frágil unidad.
Un dato de color, no abordado en la entrevista, es el destino del acta firmada a instancias del Congreso de Tucumán. El documento original está perdido y el testimonio más cercano de aquél documento, al que pueden acceder los ciudadanos, es una copia que se exhibe en el Museo Histórico Nacional, pero no es más que una réplica, una copia que se imprimió 17 años más tarde.
Ese vacío de poder y la falta de un proyecto de nación integrador terminaron por estallar tres años después con la Constitución unitaria de 1819, que desató la oposición de las provincias y la posterior anarquía de 1820. A 210 años de aquel hito, la charla en Infocielo Play deja una pregunta flotando: ¿somos una nación independiente o un experimento inconcluso que todavía discute si quiere ser Patria o Colonia?

