El domingo por la noche, en el Teatro Gran Rex, no hubo pantallas gigantes ni explosiones nostálgicas. No apareció un Plant dispuesto a disfrazarse de sí mismo, ni a recrear mecánicamente la furia de Led Zeppelin. Lo que apareció fue algo mucho más extraño y valioso: un músico todavía curioso. El telonero fue Lisandro Aristimuño, solo con su guitarra acústica, cálidamente recibido. Casi una anticipación del clima que envolvería al publico por los próximos noventa minutos.
Desde el comienzo, acompañado por Saving Grace la banda que lo acompaña desde 2019 y la enorme presencia de Suzi Dian, el show se movió en un clima casi ritual. Folk británico, blues pantanoso, aromas gospel y canciones suspendidas en un tempo lento, como si Plant hubiera decidido pelearle directamente a la ansiedad del presente. El Gran Rex entero parecía respirar más despacio.
Subió al escenario como esos tipos que ya vieron demasiadas cosas para seguir actuando como estrellas de rock. Sin pose. Sin necesidad de seducir a nadie. Un vaso, una sonrisa torcida, el pelo imposible sobreviviendo al tiempo y esa voz… rota por momentos
Otra mirada hacia el rock
Plant hace años entendió algo que el resto de los dinosaurios del rock todavía no acepta: la nostalgia es un negocio miserable. Entonces en lugar de vender recuerdos, se dedica a deformarlos.
Las canciones aparecían lentas, arrastradas, como si vinieran de un bar perdido en alguna ruta húmeda del sur de Estados Unidos (aunque haya nacido en West Bromwich, Inglaterra) y no de uno de los tipos que escribió la historia grande del rock. Folk, blues, oscuridad, silencio, mucho silencio. Eso también fue hermoso. El primer tema, fue “The Very Day I’m Gone”, de la cantante folk Nora Brown. Continuó con el tradicional “The Cuckoo”, dos canciones inéditas de su más reciente álbum, el número doce de su carrera en solitario.
Per el público argentino hizo lo de siempre. Primero pidió hits. Después entendió y escuchó.
Y finalmente aparecieron las huellas de Zeppelin.
Después de “Higher Rock”, de Martha Scanlan, llegó el primero de los temas de su antigua banda, nada menos que “Ramble On”, uno de los highlights de Led Zeppelin II, transformado en un folk melódico que permite apreciar el ensamble perfecto de las voces de Robert y Suzi, que además aquí suma su acordeón.
Porque alcanza apenas un giro de voz, una armónica o una frase lanzada al aire para que toda una generación vuelva a sentir el vérigo de aquellos discos imposibles. Pero Plant juega con eso, lo administra, nunca lo entrega facilmente. Hasta que suena “Going to California” cayó como una postal vieja encontrada en un cajón. “Rock and Roll”, en cambio, fue otra cosa: una explosión breve, desprolija y hermosa, como si Plant quisiera recordar que debajo de toda esa calma todavía vive el animal salvaje que alguna vez cambió la historia del rock. El teatro explotó ahí. Literalmente explotó.
Y ahí apareció para mí, lo mejor del recital: la sensación de estar viendo a alguien completamente libre, sin presiones para revivir un pasado que existe pero no aprieta.
Porque mientras medio planeta del viejo rock sigue tratando de parecerse a lo que fue en los setenta, Robert Plant hace otra cosa mucho más difícil: acepta el deterioro, lo convierte en estilo y lo sube al escenario.
La banda sonó increíble desde un lugar antiépico. Nada de virtuosismo masturbatorio ni solos eternos. Todo estaba puesto al servicio del clima. La música avanzaba como humo de cigarrillo en una habitación cerrada. Suzi Dian parecía entender perfectamente el código de la noche: cantar como si estuviera contando secretos. Tony Kelsey y Matt Worley construyeron una trama acústica delicada y oscura; Oli Jefferson sostuvo todo con percusión minimalista; Barney Morse-Brown aportó un cello cinematográfico.
No hubo épica, para algunos sobró; no hubo fuegos artificiales, algunos no los vieron;
no hubo grandes discursos, sólo un hombre viejo cantando canciones viejas como si todavía pudieran salvarle la vida a alguien.
Miré a mi alrededor y la verdad, por un momento eso pareció posible.
El pasado siempre está ahí
Hubo algo conmovedor en verlo moverse por el escenario. Ya no existe el frontman hipnótico de melena dorada que dominaba estadios en los setenta. En su lugar hay un hombre elegante, relajado, que canta sentado algunas partes, sonríe seguido y parece disfrutar más del intercambio musical que del protagonismo. Y ahí está quizás la diferencia fundamental entre Plant y tantos sobrevivientes del rock clásico: él no intenta ganarle al tiempo. Toca con él.

El público argentino, naturalmente, osciló entre la contemplación reverencial y la necesidad urgente de aferrarse a Zeppelin. Cada referencia era celebrada como un milagro. Cada riff reconocible generaba ese murmullo instantáneo de felicidad colectiva que sólo producen ciertos artistas gigantes.
Todos se rindieron a sus pies
Durante noventa minutos, el Gran Rex dejó de ser una avenida Corrientes ruidosa y se transformó en una especie de refugio folk-blusero, íntimo y espiritual. Un lugar donde el mito decidió bajar el volumen para demostrar que todavía tenía algo que decir.
Y quizá esa sea la verdadera grandeza de Robert Plant: después de haber sido la voz de una de las bandas más monumentales de la historia, todavía sigue buscando canciones en lugar de esconderse dentro de ellas.
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