El 3 de marzo la Municipalidad de Adolfo Alsina celebró la realización del primer mural esgrafiado de su distrito a través de una publicación de Facebook. Se trató de la iniciativa de una familia, un dentista y tres artistas que pasaron 4 días trabajando en la entrada de San Félix, un campo ubicado a pocos kilómetros de una de las entradas a Carhué conocido en la comunidad por tener un viñedo.
Entre las consecuencias difíciles de cuantificar que dejó el primer año de pandemia (y de cuarentena) está la suspensión de velorios y rituales funerarios. Sin contar las pérdidas económicas de las empresas del rubro, quién sabe cuántas personas quisieron, pero no pudieron, tomarse un último día para despedir a un ser querido y abrazar a los afectos en común.
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“Yo no me pude despedir de Pablo. Me quedó la sensación de que faltaba una despedida”, relata Adolfo, el odontólogo platense de 67 años que perdió a su amigo de la infancia durante el invierno pandémico. Se habían conocido en 1966 en el Colegio Nacional de La Plata y habían sido compañeros de aventuras desde entonces. Pasaron juntos la secundaria, la universidad, la profesión, la familia y las inquietudes de la adultez.
Esas inquietudes que lo llevaron a Adolfo a hacer, en 2019, un taller intensivo de mural esgrafiado en el Centro Universitario Azuleño a cargo de los muralistas Martín Meza y Pablo López. Esas inquietudes que lo llevaron a Pablo a montar un viñedo en su campo, llamado San Félix, ubicado sobre uno de los accesos a Carhué, partido de Adolfo Alsina.
“Mi viejo siempre había tenido la idea de hacer un mural, pero más relacionado con la historia propia del lugar”, recuerda Ayelén, la hija menor del médico fallecido. Y no era mala idea. Carhué es uno de los puntos turísticos importantes de la Provincia. Es famoso por las ruinas de Villa Epecuén y su laguna, el arte monumental de Francisco Salamone y por ser uno de los puntos por donde pasó la zanja de Alsina, entre otras cosas.
La fatalidad hizo virar ese proyecto hacia “una cuestión más sanadora, de duelo”, explica Meza, el licenciado en arte público que codirigió el proyecto junto a su colega de Avellaneda, Pablo López. Ellos estuvieron a cargo de comandar la realización del mural. Usaron las paredes de la entrada a San Félix, una superficie de aproximadamente 12 metros cuadrados divididos en dos paños. Requirieron una bolsa de cemento, un metro cúbico de arena, 12 kilos de pigmentos de 5 colores, herramientas y cuatro días de trabajo de sol a sol.
Un mural esgrafiado tiene mucho de albañilería. Comienza con una pared adecuada a la que se le revocan varias capas de cemento de distintos colores y después se le va extrayendo material de acuerdo al dibujo pensado. “Es un trabajo muy arduo físicamente y de mucha precisión”, asegura Meza y estima que fueron “jornadas de 10 o 12 horas de trabajo” desde las 7:00 de la mañana. “Lo que nos compensaba era que a la noche nos esperaban con algún asado”, comenta.
“Para mí fueron cuatro días gloriosos”, asegura sin dudar Adolfo que los pasó durmiendo en una carpa armada en el jardín de la estancia para mantener la distancia social. De la pulcritud de su consultorio odontológico había pasado al caos de una obra de arte en construcción; del confort de su casa en La Plata a una bolsa de dormir en medio de la pampa. Pero eso era la gloria.
El cuarto y último día de trabajo, la esposa de Pablo, sus dos hijas y los cuatro nietos le dieron el toque final a la obra de arte en la que se ve a una silueta masculina en actitud de labranza y a una silueta femenina con un caballo, uvas y girasoles. Ese mismo día llegó en moto la secretaria de Cultura de la Municipalidad para celebrar el trabajo del que se había enterado casi de casualidad. “Es muy loco porque el pueblo quedó muy contento”, celebra Ayelén. Para ellos el mural es en honor a Pablo, para la comunidad es un homenaje a la vida rural, a la vid y al paisaje pampeano.
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