En la Provincia de Buenos Aires, principal territorio productor de cebada cervecera del país, un equipo científico puso la lupa sobre el cereal clave de la industria con el objetivo de garantizar su inocuidad alimentaria y proteger el rendimiento agrícola.
La investigación, financiada por la convocatoria Ideas-Proyecto de la Comisión de Investigaciones Científicas (CIC) y desarrollada por el Instituto de Biología Funcional y Biotecnología (BIOLAB) —dependiente de la UNICEN y la CIC—, analiza el comportamiento de dos hongos denominados Fusarium y Alternaria, tanto de forma individual como cuando coexisten en el cultivo.
El punto más alarmante de la investigación radica en la resistencia de estos organismos durante la cadena de producción industrial. Según explicó el director del proyecto, el doctor en Ciencias Agropecuarias Sebastián Stenglein, algunas especies de estos hongos generan micotoxinas que ponen en juego la salud alimentaria.

“La característica que tienen las toxinas que pueden producir algunas especies de estos géneros es que son tolerantes a las altas temperaturas, por ende a todo el proceso de elaboración, desde el malteado hasta la fabricación de cerveza”, advirtió el especialista.
No te mata, pero te hace menos fuerte
Respecto al efecto de estas sustancias en el cuerpo humano, los investigadores aclararon que no se trata de una toxicidad letal inmediata, sino de un desgaste paulatino en el organismo.
“No es que directamente el consumo de la toxina es mortal, salvo que esté en unas concentraciones muy raras de ver, pero sí sabemos que estas toxinas trabajan sobre el sistema inmunitario del ser humano”, detalló Stenglein. En ese sentido, el especialista señaló que el consumo continuo de distintas concentraciones de estas toxinas puede generar, de forma indirecta, una baja en las defensas y una mayor predisposición a sufrir alergias, gripes o resfríos.
A la preocupación por la salud se le suma la falta de un marco normativo claro en el país. En la Argentina no existen reglamentaciones estrictas sobre los límites permitidos para estos hongos en la cebada, por lo que el control queda condicionado al criterio de recepción de cada maltería privada.
Asimismo, el fenómeno golpea directamente al comercio exterior bonaerense. Países como Brasil o miembros de la Unión Europea imponen exigentes barreras sanitarias y normativas sobre la concentración de toxinas como el deoxinivalenol (producida por el Fusarium), por lo que la presencia de estos patógenos pone en riesgo los envíos de grano al mercado internacional.


