Este 4 de septiembre se celebra en Argentina el Día de la Secretaria, una fecha que reconoce una actividad que atravesó generaciones, oficinas, tecnologías y hasta cambios en la forma de trabajar. Pero este año la celebración tiene una pregunta dando vueltas: “¿ser secretaria (o secretario) es un trabajo en extinción frente a los asistentes virtuales y la inteligencia artificial?”
Antes de intentar responderla, hay que entender de dónde viene esta fecha.
Una fecha con varias historias
Hay personas que saben dónde está cada cosa. Quién llamó. Quién no contestó. Qué reunión se suspendió. Qué documento falta. A quién no conviene llamar antes de las diez de la mañana y, sobre todo, quién es el que realmente toma las decisiones.
Durante décadas, esa persona fue la secretaria.
El origen del Día de la Secretaria no tiene una única explicación absolutamente comprobada y alrededor del 4 de septiembre circulan distintas versiones.
Una de ellas está relacionada con la historia de la máquina de escribir y con Lilian Sholes, hija de Christopher Latham Sholes, uno de los inventores vinculados al desarrollo de ese dispositivo durante el siglo XIX.

Lilian fue una de las primeras personas en utilizar y demostrar públicamente una máquina de escribir y terminó convirtiéndose en una figura asociada a los comienzos de la mecanografía.
Con la expansión de la máquina de escribir, las oficinas comenzaron a necesitar personas capacitadas para redactar documentos con rapidez y precisión. Y allí apareció con fuerza un nuevo perfil laboral: las secretarias.
Otra explicación vincula la celebración con Estados Unidos, donde durante el siglo XX se impulsaron jornadas destinadas a reconocer el trabajo de las secretarias y posteriormente de los profesionales administrativos.
La fecha terminó instalándose en distintos países y el 4 de septiembre quedó asociado en Argentina al reconocimiento de quienes desempeñan esta tarea.
Lo curioso es que el oficio nació y creció de la mano de una revolución tecnológica. Y ahora vuelve a encontrarse frente a otra.
De la máquina de escribir a ChatGPT
Hubo una época en la que una secretaria podía pasar buena parte de su jornada escribiendo cartas, atendiendo el teléfono, tomando mensajes, organizando una agenda de papel, archivando expedientes y preparando documentos.
Después llegó la computadora. Más tarde, el correo electrónico. Después los teléfonos inteligentes, las agendas digitales, las videollamadas y los calendarios compartidos. Cada tecnología eliminó algunas tareas y creó otras.
Pero la inteligencia artificial puede ser diferente.
Un asistente virtual puede redactar un correo en segundos, resumir una reunión, organizar información, generar documentos, clasificar mensajes y recordar una cita. Algunas herramientas incluso pueden mantener conversaciones y ejecutar determinadas tareas sin que una persona tenga que intervenir permanentemente.
Entonces aparece la pregunta que hace unos años hubiera parecido ciencia ficción:
“¿Para qué hace falta una secretaria si una computadora puede hacer buena parte de su trabajo?” La respuesta, por ahora, no es tan sencilla. Porque una secretaria no fue nunca solamente alguien que escribía a máquina.
También fue quien conocía los códigos de una oficina, interpretaba situaciones, filtraba problemas, manejaba conflictos, sabía cuándo interrumpir a un jefe y cuándo era mejor esperar. Esa experiencia acumulada no siempre puede convertirse en una orden para una máquina.
Una IA puede escribir un mensaje perfecto. Lo que todavía resulta más difícil es que sepa si ese mensaje conviene enviarlo, a quién y en qué momento.
Por eso, probablemente el oficio no desaparezca de un día para el otro. Lo que sí parece inevitable es su transformación. Las tareas repetitivas son las más fáciles de automatizar. La organización, la comunicación, la coordinación y el criterio pueden ganar todavía más importancia.
Quizás dentro de algunos años ya no se hable tanto de secretarias sino de asistentes ejecutivos, coordinadores administrativos o gestores de oficina. El nombre podrá cambiar. La función, también.
Y hay una ironía en todo esto: la secretaria nació acompañando una revolución tecnológica y ahora enfrenta otra.
Primero fue la máquina de escribir. Hoy es la inteligencia artificial. La pregunta no es solamente si una máquina puede hacer el trabajo de una secretaria. La verdadera pregunta es “qué parte de ese trabajo nunca podrá hacer una máquina”.
Porque si hay algo que las oficinas enseñaron durante décadas es que, detrás de cada agenda perfectamente ordenada, suele haber alguien que sabe mucho más de lo que figura en su descripción de puesto.


