El paisaje se repite al cruzar las fronteras del casco urbano de La Plata, calles de tierra que se vuelven intransitables con la lluvia, tendidos eléctricos precarios y la ausencia de un servicio tan elemental como las cloacas. En este escenario, que abarca a localidades como Villa Elvira, Altos de San Lorenzo, Los Hornos, Arana, Melchor Romero y San Carlos, la vulnerabilidad se lleva en el cuerpo y son las infancias las que crecen con incertidumbre alimentaria y ambiental.
En Argentina se da una paradoja cruel, el país produce alimentos suficientes para toda su población, pero la brecha distributiva y los ingresos insuficientes hacen que la comida no llegue de forma equitativa a las mesas. A nivel nacional, la inseguridad alimentaria urbana golpea al 32,2 por ciento de los niños, niñas y adolescentes. Sin embargo, cuando se pone la lupa sobre la periferia platense, la realidad es todavía más hostil.
El equipo interdisciplinario de antropólogos y biólogos del Laboratorio de Investigaciones en Ontogenia y Adaptación (LINOA), perteneciente a la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) que lleva más de 25 años analizando la situación nutricional infantil en la región, expone los datos recogidos del territorio.
Bajo la dirección de la Dra. María Florencia Cesani y la codirección de la Dra. Mariela Garraza, este grupo se adentra en las escuelas públicas locales para tomar el pulso de una problemática multidimensional. Su abordaje combina encuestas socioeconómicas a las familias, mediciones antropométricas (peso y talla) y controles de presión arterial.

Vivir en la urgencia: infraestructura y precarización
Los datos recolectados por el LINOA en los últimos dos años trazan una radiografía crítica sobre las condiciones habitacionales locales, el 87 por ciento de los hogares carece de red cloacal y el 88 por ciento depende del gas envasado (garrafa) para cocinar o calefaccionarse. A esto se suma un mercado laboral profundamente degradado, solo el 19 por ciento de los padres y un porcentaje similar de las madres cuenta con un empleo formal.
Este combo de informalidad y falta de infraestructura impacta de lleno en las cocinas. El 60 por ciento de las familias experimenta algún grado de inseguridad alimentaria, una condición que vulnera directamente al 37 por ciento de la población infantil de estos barrios. La seguridad alimentaria no es solo “tener un plato de comida”, sino acceder a alimentos inocuos, nutritivos y culturalmente aceptados. Cuando esto falla, la salud colapsa.
Una de las manifestaciones más directas de este entorno adverso es la salud ambiental de los chicos. En articulación con el Centro de Parásitos y Vectores (CEPAVE – UNLP-CONICET–CIC), el LINOA realiza talleres y análisis gratuitos de parasitosis intestinales. Los datos relevados en 2025 son contundentes, 7 de cada 10 niños y niñas están parasitados, y un 20 por ciento de ellos aloja tres o más especies de parásitos en su organismo, siendo las más comunes Blastocystis sp y Enterobius vermicularis.
“Estos resultados están estrechamente vinculados al hacinamiento y al consumo de agua y alimentos contaminados, lo que hace necesario avanzar en mejoras habitacionales, garantizar el acceso a agua potable y sistemas seguros de eliminación de excretas”, advierte la Dra. Mariela Garraza.
La “doble carga” y el mito de la desnutrición lineal
El estudio también desmitifica una vieja creencia popular que la malnutrición se ve reflejada únicamente en la delgadez extrema. Hoy, el territorio muestra la llamada “doble carga” de la malnutrición. Mientras la desnutrición crónica (baja talla) ha mostrado un descenso en las últimas décadas, el exceso de peso (sobrepeso y obesidad) se disparó más de un 15 por ciento, afectando en la actualidad a más del 45 por ciento de los escolares de la periferia.
La Dra. María Laura Bergel Sanchís aporta una mirada estructural al respecto, definiendo a la malnutrición como una “manifestación biológica de las desigualdades sociales”. Cuando los recursos no alcanzan, las familias se ven obligadas a volcarse a dietas monótonas y baratas, alimentos de baja calidad nutricional pero altísima densidad energética (altos en grasas, azúcares y harinas), promovidos por un mercado que prioriza la rentabilidad económica por encima de la salud pública.
Una hipoteca para el futuro: el riesgo cardiovascular
Los efectos de esta alimentación deficiente y el entorno hostil ya no son problemas del mañana, se expresan hoy. Uno de los hallazgos que más encendió las alarmas del equipo científico fue la detección de alteraciones en la presión arterial, 2 de cada 10 escolares registraron valores elevados, una cifra que supera ampliamente los promedios de otras poblaciones infantiles de la Argentina.

La Dra. Florencia Cesani, directora del proyecto, detalla la gravedad de este panorama, “tanto la malnutrición por déficit como por exceso comprometen el crecimiento y desarrollo psicofísico de las infancias. La obesidad, en particular, aumenta el riesgo de padecer otras enfermedades crónicas no transmisibles en la vida adulta, como la diabetes, la hipertensión y el cáncer”.
Los informes técnicos elaborados por el LINOA funcionan como un insumo urgente para el diseño de políticas públicas. Los investigadores enfatizan que las respuestas aisladas —como entregar un bolsón de comida o realizar una campaña médica esporádica— ya no alcanzan. Para revertir la vulnerabilidad de las infancias platenses se necesita una estrategia integral que suture simultáneamente las deudas alimentarias, sanitarias, habitacionales y laborales de la región. Solo así el crecimiento de los chicos dejará de estar condicionado por el código postal en el que nacen.

