Hay una imagen que vale más que cualquier editorial sobre el periodismo de guerra argentino. Suenan las alarmas en Israel, amenaza inminente, y Alfredo Leuco, enviado especial de la señal LN+ del diario La Nación, se tira cuerpo a tierra, se cubre la cabeza con las manos, el gesto instintivo de quien siente el peligro cerca.
La escena es dramática, tensa, real o sobreactuada (eso también es parte del debate). Pero hay un detalle que lo cambia todo, y es que el camarógrafo que lo está filmando no se mueve. Está parado. Sí, de pie. Expuesto al mismo peligroso cielo, bajo la misma alarma, sin cubrirse, sin refugio, sosteniendo la cámara para que la toma salga perfecta.
Esa imagen no es un accidente. Es una decisión. Porque además no ocurrió exactamente en vivo, sino que fue grabada y luego presentada por el mismo periodista como “noticia”.
El trabajador invisible
Alguien, desde el piso en Buenos Aires o desde el propio móvil en Israel, tomó la decisión de que el camarógrafo no podía cortar. ¿O acaso tendrá alma de mártir?.
¿Es que la imagen del periodista estrella cubriéndose era demasiado valiosa para perderla?. ¿O que el show debía continuar aunque eso significara dejar parado, expuesto y solo al trabajador anónimo que hace posible cada transmisión?.
El camarógrafo no tiene nombre en pantalla, a veces los enviados, como ahora Leuco a imitación de Nelson Castro, a veces lo hacen.
Pero no hay zócalos abajo de la pantalla que suelan identificarlos. No es la figura que viajó en business, que hace el móvil con cara de corresponsal de guerra, que mañana va a ser tapa. Es el que carga el equipo, encuadra y sostiene. Y es el que, en el momento de mayor peligro, quedó parado porque alguien decidió que su seguridad era secundaria respecto de la imagen que se estaba generando.
¿Circo o periodismo?
La otra lectura, igualmente válida, apunta a la veracidad del hecho en sí. Si la amenaza fue tan inminente como sugiere la reacción de Leuco, ¿por qué el camarógrafo no se cubre también? ¿Por qué sigue operando con calma profesional mientras el periodista hace cuerpo a tierra?
Esa contradicción abre una pregunta incómoda: ¿estamos ante un momento de peligro genuino o ante una puesta en escena calculada para maximizar el impacto televisivo?
Ninguna de las dos opciones deja bien parada a la producción. En el primer caso, se expuso a un trabajador de prensa a un riesgo real por una toma. En el segundo, se fabricó tensión dramática para el rating con la guerra como escenografía.
Lo que quedó grabado este viernes 20 de marzo resume con brutalidad la lógica del periodismo espectáculo: hay quien protagoniza el peligro y hay quien lo produce. Uno se cubre. El otro sostiene la cámara.
“Y nadie parece encontrar eso problemático.”

