Dijo que “ya había fijado posición”, habló de “su visión del fútbol argentino al mundo”, ensayó frases largas sin contenido concreto y, cuando la charla empezó a incomodar de verdad, fingió que no escuchaba, simuló un corte de comunicación y se fue a comer. Daniel Scioli volvió a ser Daniel Scioli. Esta vez, en vivo, por La Nación+ y frente a un tema con el que los medios hegemónicos vienen generando una operación hace meses, el escándalo que le adjudican a la AFA y a Claudio “Chiqui” Tapia.
La escena fue tan incómoda como previsible. La conductora del espacio Laura Di Marco preguntó por las denuncias que rodean a la conducción del fútbol argentino. Scioli respondió con el viejo manual que conoce de memoria: tono calmo, frases extensas y una catarata de palabras que no llevan a ningún lado.
“Yo ya fijé posición al principio de todo esto”, dijo, sin aclarar cuándo, cómo ni dónde. “Está todo muy claro”, agregó, justo antes de que quedara clarísimo que no lo estaba.
Hablar sin decir
Cada vez que la periodista intentó llevarlo al punto (Tapia, la AFA, responsabilidades políticas), Scioli se refugió en su latiguillo favorito: la “responsabilidad institucional” y esa idea etérea de “mostrar el fútbol argentino al mundo”. Una frase que suena bien, no compromete a nadie y sirve para salir del paso sin embarrarse.
El funcionario de Milei habló de contextos, de miradas amplias, de procesos. No negó las denuncias, pero tampoco las asumió. No defendió a Tapia ante los medios de comunicación que lo atacan, pero mucho menos lo cuestionó.
Mientras tanto dejó flotando una ambigüedad calculada, típica de quien prefiere no elegir un bando cuando el escenario se vuelve resbaloso. No quedar mal con los medios ni con sus superiores.
El “¿hola?” salvador
El momento más revelador llegó cuando las generalidades ya no alcanzaban. Scioli empezó a mostrar señales de incomodidad: silencios poco confortables, miradas fuera de cámara y, de pronto, la actuación final. “¿Laura? ¿Hola? ¿Se escucha?”, preguntó, como si la señal estuviera fallando. No se había cortado nada. Se estaba cortando él.
La supuesta falla técnica fue la coartada perfecta. Fingió no escuchar la repregunta, habló de interferencias y de llamados externos. Acto seguido, la excusa doméstica: “Te pido disculpas, me están pidiendo para comer”. En segundos, la comunicación quedó trunca, justo cuando la conversación había dejado de ser cómoda.
No fue un problema técnico. Fue un problema político. Scioli entendió que la pregunta siguiente podía obligarlo a fijar una posición real sobre el escándalo que los medios atribuyen a la AFA y eligió hacer lo que mejor sabe cuando el clima se espesa: esquivar sin confrontar.
La escena resumió una forma de hacer política que Scioli perfeccionó durante años. No chocar, no romper, no quedar mal con nadie. Esa misma lógica que le permitió atravesar gobiernos, ideologías y climas políticos diversos sin despeinarse demasiado. Siempre disponible, siempre ambiguo, siempre flotando.
En medio de un escándalo en el que a diario un mínimo de 15 titulares de Clarín y La Nación ponen bajo la lupa a la conducción del fútbol argentino, el funcionario responsable del área eligió el silencio envuelto en palabras.
Simuló un corte, pidió disculpas y se fue. Y así, entre una “falla técnica” oportuna y una comida impostergable, Scioli volvió a demostrar que cuando el partido se pone bravo, él prefiere hacerse el que no escucha. Muy, pero muy, a lo Scioli.

