Los ricos también ajustan. Aunque suene paradójico, la frase resume a la perfección una anécdota que dejó flotando (literalmente) una postal inesperada de la crisis. En un exclusivo club de campo de la zona norte del conurbano bonaerense dejaron de pagarle al buzo que se encargaba de meterse en la laguna para recuperar las pelotitas del campo de golf.
La historia apareció en la radio como si fuera un problema más de la vida cotidiana. “Hace 20 años que tenemos un lote con una casa en el club de campo y el problema ahora es que dejaron de pagarle al buzo que se tiraba al lago a recoger las pelotitas del campo de golf”, contó Isabel, la oyente que llamó para compartir su conflicto.
Un lujo que se perdió
El recorte, explicó, no fue una decisión individual sino colectiva. “El buzo no es tuyo, es de todo el country, ponele, de todo el club. Y ahora no le quieren pagar más”. El motivo apareció enseguida y sin rodeos: “Porque hay crisis, chicos, gente que no paga las expensas”.
En ese contexto, el servicio cayó. Y con él, una comodidad que parecía garantizada. Isabel fue clara en marcar el límite: “Nosotros pagamos en tiempo y forma, pero tampoco es justo que yo termine pagando el buzo para las pelotitas de todos”. El club tiene, según dijo, cerca de 500 lotes, y sin acuerdo general no hubo margen para sostener el gasto.
El relato que salió al aire
La anécdota se escuchó en Urbana Play, dentro del segmento Problemas de millonarios, que se emite en el horario de Sebastián Wainraich. El espacio está pensado para que oyentes con alto poder adquisitivo cuenten conflictos que, por contraste, resultan absurdos para el resto de la audiencia.
Durante el intercambio, la conversación fue escalando en delirio. Alguien incluso propuso una solución improvisada. “Alguno dijo: ‘Isabel, che, yo sé nadar bien’”. La respuesta fue inmediata. No era tan simple. Porque el problema no era solo práctico, sino simbólico.
Risa, duda y verosimilitud
Isabel lo explicó sin vueltas: “Es una cuestión de target, no de dinero, ¿entendés? Este club tenía ese servicio. Ahora lo quieren sacar. Es como que baja de categoría el club”. Ahí aparece el núcleo del conflicto, porque no se trata solo de pelotitas perdidas, sino de estatus.
Incluso hubo lugar para una preocupación ambiental. “Es un problema ecológico también, porque las pelotitas quedan en el fondo del lago y los pececitos que están ahí. Encima yo soy parte de la comisión ecológica del club”, contó, mientras relataba que el tema ya se había vuelto rutina en su casa. “Mi marido vuelve de jugar al golf con cara de traste… el buzo me tiene harta”.
¿Es una historia real o una anécdota exagerada para la radio? No hay datos públicos que permitan confirmarla ni referencias concretas al club. Pero el escenario es verosímil, ya que existen realmente campos de golf que contratan buzos para recuperar pelotas de lagunas artificiales, y también es creíble que, en un contexto de ajuste, ese gasto sea uno de los primeros en caer.
El cierre fue tan exagerado como revelador. “Gracias por ocuparse de nuestros problemas… de los pobres se ocupa todo el mundo y de nosotros solo ustedes”, dijo Isabel, entre risas. Tal vez el buzo existió. Tal vez no. Pero la imagen quedó instalada: incluso en los countries más exclusivos, el ajuste ya empezó a mojar los pies.

