En un viernes nublado que quedará grabado en la memoria colectiva, la noticia del fallecimiento del Indio Solari ha paralizado al país. Para el periodista musical Óscar Jalil, quien recorrió la trastienda de la banda durante décadas, se trata de uno de esos hitos donde la realidad se suspende. En dialogo con el programa “Todo no se puede” de LA CIELO FM 103.5 sostuvo que “son esos momentos, que es cuando parece que el mundo se detiene ¿no?, te vas a acordar dónde estabas el día que murió el Indio”. La Plata, ciudad que lo vio nacer como mito desde las aulas de Bellas Artes de la UNLP y la mística de la Cofradía, procesa hoy la pérdida de una figura que Jalil define como un fenómeno sin parangón, “no hay banda, no se puede comparar el fenómeno que provocaron los Redondos en la Argentina con otro, en otro lugar del planeta”.
La trascendencia de Solari no fue solo musical, sino profundamente sociológica. Jalil sostiene que “no hay mejor representación de la década del 90 que esos pibes creyendo en los Redondos nada más”, describiendo a esas multitudes que viajaban desde las barriadas del conurbano de manera “religiosa” tras lo que se conoció como las misas ricoteras. Esta conexión se forjó bajo un estricto código de autonomía, “esa conexión no hay intermediarios con los Redondos, ellos no daban notas, siempre tuvieron el control del negocio y del manejo hacia la comunicación con sus fans”.
Un artista con aura, un “tipo indómito”
Incluso en su intimidad, Solari mantenía esa aura de misterio y control. Jalil recuerda su experiencia visitando la residencia del cantante en Castelar para la revista Inrockuptibles, describiéndola como “una especie de fortaleza” custodiada por ovejeros alemanes donde el acceso era casi un ritual, “el tipo que te llevaba no hablaba, lo único que nos decía era ‘bueno no bajen de la camioneta porque tengo que guardar a los perros'”. Durante aquella entrevista, el periodista fue testigo de la vulnerabilidad del artista ante su obra. Mientras escuchaban el disco El Tesoro de los Inocentes, Solari rompió el silencio ante la parquedad de los cronistas, “che pero ¿qué les parece? No suena suena muy bien ¿eh?”, buscando una validación que, según Jalil, revelaba a alguien “acostumbrado a mucha alabanza”.
El legado técnico y artístico del Indio también es reivindicado hoy. A pesar de no ser un virtuoso del instrumento, Jalil destaca que “muchas de las mejores melodías de la banda, venían del Indio”, quien componía a partir de “pequeños acordes que hacía con una guitarra”. Esa capacidad creativa se extendía a la estética de los discos, con tapas “tan raras” y artesanales que demostraban que para ellos “no es simplemente una canción, esto es mucho más fuerte”.
El adiós de Skay
El cierre de esta historia lo puso su eterno compañero de ruta, Skay Beilinson, con un mensaje que parece sellar una grieta histórica “te llevo en cada recuerdo, buen viaje mi querido amigo hasta siempre ahora sos la luz que viaja entre nosotros”. Para Jalil, la dupla es insuperable y su separación, aunque dolorosa, permitió que ambos trascendieran sus propias etapas de “deseo artístico”. Hoy, el hombre que Jalil define como un “tipo indómito” deja de ser carne para volverse, definitivamente, una luz que atraviesa a las generaciones argentinas.

