En el marco de la Semana Mundial de Sensibilización sobre la Sal, el Colegio de Nutricionistas de la Provincia de Buenos Aires advierte que el consumo promedio en el país —entre 10 y 12 gramos diarios— duplica lo recomendado por la OMS. Pero el dato más alarmante es que el 70 por ciento de esa carga es “sodio oculto” en productos procesados.
Un día promedio se puede consumir alta cantidad del sodio que el corazón puede tolerar. Por ejemo, por la mañana, un café con dos tostadas de pan industrial, al mediodía, un sándwich de jamón y queso “rápido” en un recreo de la facultad o la oficina. A la tarde, unas galletitas para acompañar el mate. Para muchos platenses, el salero no salió del estante en todo el día y, sin embargo, sus arterias han procesado casi el triple del sodio recomendado.
La trampa de lo cotidiano
“El origen de este exceso no está en el salero de la mesa”, advierte la licenciada Fernanda Delgado (MP 2960), secretaria del Colegio de Nutricionistas bonaerense en dialogo con INFOCIELO. Según explica la especialista, alimentos que no percibimos como “salados” son los mayores aportantes de sodio en la región, “pensamos que la sal viene del salero, pero el pan y el queso, como se consumen todos los días y en cantidades grandes, son los que más aportan”. A esto se suman caldos industriales, aderezos, snacks y embutidos, donde el sodio actúa no solo por sabor, sino como conservante y leudante.
Un daño que no “avisa”
A diferencia de otras dolencias, el exceso de sodio es un enemigo silencioso. “No tenemos síntomas claros, y eso es un problema porque nos cuesta atacar la causa”, señala Delgado. Si bien en algunos casos aparece pesadez en las piernas, hinchazón o dolor de cabeza, la licenciada aclara que solemos normalizar este malestar atribuyéndolo al cansancio, ignorando que la tensión arterial alta está desgastando el sistema cardiovascular y renal de forma invisible.
El paladar “anestesiado”
Uno de los mayores desafíos en la educación alimentaria es la adaptación del gusto. El consumo constante de ultraprocesados genera una suerte de adicción sensorial. “El paladar se va adaptando a sabores más intensos de sodio y azúcar; entonces los alimentos naturales parecen no tener gusto”, explica Delgado. No obstante, asegura que el proceso es reversible, al reducir los procesados, el paladar se reeduca y vuelve a detectar los matices de la comida real. “Se puede reeducar el paladar: si bajamos el consumo paulatinamente, el paladar se va reeducando y volvemos a sentir sabor a los alimentos naturales”, afirmó.
Más allá de la voluntad individual
Para la secretaria del Colegio, la solución no es solo una cuestión individual, “no depende solo de la voluntad, sino del dinero, el acceso y el tiempo”, enfatiza, vinculando el problema a la situación de desigualdad actual.
“La alimentación perfecta no va a existir, pero se pueden hacer recomendaciones sobre cambios que sean sostenibles, como cocinar una vez y freezar o utilizar alimentos naturales”, explica la nutricionista.
Destaca que el Etiquetado Frontal es un avance clave para que los consumidores tomen decisiones informadas sobre productos que antes se creían saludables, aunque advierte que esto debe acompañarse de políticas públicas que hagan que los alimentos frescos sean realmente accesibles para toda la comunidad. “El etiquetado es un avance muy importante porque da a los consumidores información más clara y visible en productos que antes pensábamos que eran saludables”. Mientras finaliza asegurando que, “vemos que la gente se empieza a hacer más preguntas, pero por sí sola esta política no va a funcionar si no va acompañada de educación alimentaria y políticas públicas que hagan que los alimentos saludables sean más accesibles”.

