Las escaleras eran en forma caracol: a Manuelita, con apenas tres años, le gustaba asomar la cabeza y saludar a su papá Osvaldo, a su mamá Mirta, a su tía Edda. Lo hacía religiosamente todos los días: cuando uno se iba, lo despedía con la mano desde las alturas y por el frondoso agujero del edificio; cuando alguien llegaba, corría a ver quién era.
Una tarde noche de 1976 fue la excepción: no sabe si eran policías, militares o infiltrados entre los civiles, pero Julieta -hija de Manuelita, nieta de Mirta y Osvaldo, sobrina de Edda-, 48 años después y en su departamento de La Plata, sabe que la dictadura cívico militar secuestró a la “ generación que no está”, a “la que falta”, a la que se aloja en la memoria.
Aquella tarde noche de 1976
Después del temporal; el sol, el calor, la humedad en la ciudad de La Plata. Es jueves 21 y a días de un nuevo 24 de marzo, Día Nacional por la Memoria, Verdad y Justicia y aniversario del golpe de estado que dio inicio a la última dictadura cívico militar (1976-1983), Julieta dirá que es un año especial, que se tiene que hacer cargo, que uno tiene la obligación, que es un poco “la necesidad de que no haya sido para nada”.
Julieta es Julieta Font, hija de Manuelita Vega, nieta de Ricardo Osvaldo Vega y Mirta Alicia Balasini, sobrina de Edda Elba Vega. Estos últimos tres eran militantes del Partido Comunista, Marxista y Leninista (PCML) cuando fueron secuestrados y desaparecidos el 6 de diciembre de 1976, por el aparato represivo de la dictadura militar en su departamento de algún barrio porteño.
Primero desaparecieron Mirta y Edda. A las niñas -Manuelita y su hermana Gabriela, de apenas 6 meses- las dejaron con una vecina del edificio. Cuando más tarde llegó Osvaldo, supo que tenía que irse.
A las horas, Elba “Cuca” Esther Ferreti, madre de Osvaldo, recibió un llamado de la comisaría para que vaya a buscar a las nenas.
—Ahí mi abuela, a mi bisabuela le decíamos abuela por obvias razones, pregunta qué pasó y le dicen que no se preocupe, que sólo había unos panfletos, que ya van a aparecer.
No se supo nada más de Osvaldo hasta un mes después, cuando el 6 de enero se comunicó por última vez:
—Le dice a mi bisabuela que va a llegar una bicicleta para Manuelita. Y llegó en un flete. De hecho, a la bicicleta la seguimos teniendo.
La dolorosa tarea de reconstruir el pasado entre todos
La familia de Julieta del lado paterno es grande, concurrida. Del lado materno, también, aunque algunos no estén. Con ello creció y aunque siempre supo que sus abuelos eran desaparecidos, aunque siempre “se recordaron”, Julieta confiesa que “nunca hablábamos de ellos”.
—El núcleo de mi mamá era muy chiquito: mi tía, sus bisabuelas y ella. Cuando llegué yo fue como la primera felicidad, la primera buena después de tantas cosas malas.
Las bisabuelas -Cuca, mamá de Osvaldo, Leda, mamá de Mirta- fueron fundamentales en la crianza de Manuelita y Gabriela: entre las dos, con la pobreza a cuestas, se repartían para cuidar a las hermanas. Años después, Julieta se hará intima amiga de Cuca: viajes, salidas, cenas, charlas.
Un día, con 14 años de saber pero no saber, Julieta -que nunca vio fotos de sus abuelos en la casa de su bisabuela- decide preguntar: “¿Por qué vos no hablás de los abuelos y de la tía?”
—Ella tenía dos sillones individuales. Ella iba al lado izquierdo, yo al derecho. Ahí, donde mirábamos tele, tomábamos café, donde charlábamos, ella me dijo: ‘durante mucho tiempo me dolió mucho y me acostumbré a no hablar porque tuve que olvidarme’.
Y después de tomar un poco de agua, un poco de aire, Julieta dijo que lo único que quería era una anécdota, un dato íntimo, algo más que los que saben todos:
—Quería saber cuál era el color favorito, qué hacían en sus días, qué música escuchaban, qué les gustaba comer. Quería saber cómo eran, que sé yo, cosas de la persona.
Cuca, poco a poco comenzó a contar. Según Julieta, “lo que podía” y hasta que falleció en 2019 a sus 91 años, continuó compartiendo los sillones individuales con ella.
—Fue una referente de que todo tiene solución: de lo peor que te puede pasar… de lo peor… que es… si sos padre es perder un hijo… imaginate dos. Y aún así poder volver a ser feliz… porque ella era feliz con su nueva vida… siempre me decía: ‘mi familia sos vos, sos la tía, es mamá, es tu papá, son los nenes, es mi primo. Ustedes son mi familia’”.
¿Se tiene miedo a lo que fue?
El departamento de Julieta es amplio: allí también trabaja. Donde antes había una mesa, ahora hay pizarrones, un horno robusto, un cucharón, una harina perdida, un mueble con cajones blancos. Donde antes no había nada; hoy, un sillón, un televisor prendido y Julieta que dice:
—No, la verdad que nunca tuve miedo. Participé del centro de estudiantes, fui a marchas pero aunque tengo un pensamiento político, nunca me metí. Siempre supe que no iba a poder estar en política porque mi mamá no lo iba a poder soportar: a ella y a mi tía les da mucho miedo.
Y cómo no. Manuelita vivió su infancia en los últimos años de la dictadura, en la vuelta a la democracia en 1983 bajo la presidencia de Raúl Alfonsín, las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, su posterior declaración de inconstitucional, la necesaria catarata de juicios de lesa humanidad y décadas de revolver y revolver.
Mientras, en la escuela mentía: que mis papás están de viaje, que se murieron en un accidente de tránsito.
—Imaginate, era algo que no podías contar porque estaba el miedo de que te vengan a buscar.
En 2009, Manuelita junto a la bisabuela, declararon en un juicio de lesa humanidad. Además de periodistas, abogados, jueces, estaba el comisario que en 1976 le había dicho a Cuca que “si no habían hecho nada, ya iban a aparecer”.
En 2015 o 2016, Julieta asegura que a su madre le habían pinchado el celular:
—Llamaba a mi mamá, a su contacto y me atendían: ‘hola, 911’. Cortaba. Otra vez. Cortaba, otra vez. Tres veces. Tres veces. ¿Una casualidad?
Nuevamente niega con la cabeza y reafirma que nunca tuvo miedo, que Manuelita la crió para no temerle a nada.
Actos, encasillamientos y roles: Julieta, la “nieta de”
En las escuelas se realizan actos escolares en cada fecha patria o significativa: el 2 de abril, el 25 de mayo, el 20 de junio, el 17 de agosto o el 24 de marzo. Y en el colegio al que fue Julieta, que “intentaban lograr un ambiente para debatir, que estaban a favor de los derechos humanos”, ser “nieta de”, tuvo un costo.
—Evidentemente yo era la única nieta de desaparecidos y me ponían un poco en ese lugar de monito de feria. Yo no tengo ganas de andar contando mi historia. Distinto es una persona que viene y te pregunta porque le interesa y otra, es estar hablando delante del secundario de todo un colegio sobre quiénes eran tus abuelos.
Horas previas, Julieta y sus padres participaron del acto conmemoración que se llevó a cabo en el trabajo de Manuelita: esta vez fue distinto. Primero, le preguntaron si quería estar. Luego, si quería hablar. Ella dijo que no se iba a animar pero que si querían, podía escribir unas palabras.
—Yo quiero tener la posibilidad de decir quiero o no quiero. En el secundario era yo la que tenía que hablar, la que tenía que presentar, la que tenía que… siempre era la protagonista. Entiendo que la gente no sabe qué hacer o decir, pero bueno, no hay que hacer ni decir nada. Lo mejor que puede hacer una persona para honrar, es defender los derechos humanos para que cosas así no vuelvan a pasar.
El gobierno de Milei, un llamado a la acción
El 20 de marzo, la Red Nacional de H.I.J.O.S. publicó un comunicado relatando que una militante de su organización había sido atada, golpeada, violada y amenazada de muerte por dos individuos que ingresaron a su casa. Al salir, pintaron la pared con la frase que el presidente enarbola en cada discurso: “V.C.L.L., Viva la Libertad Carajo”.
—Nos enteramos esta mañana con mi mamá, justo en el acto. Nos quedamos en shock. ¿Sabés cómo nos sentimos? Una vez que por primera vez estás pudiendo liberar un poco, tratando de contar tu historia, pasa esto.
Durante su campaña política, Javier Milei expresó más de una vez que no eran 30.000 los desaparecidos. A días de un nuevo 24 de marzo, se rumoreó la liberación masiva de genocidas. A pesar de desmentirlo, el presidente confirmó que se publicaría un video contando su “historia oficial” sobre lo sucedido en la dictadura militar.
—Hay gente que piensa que uno es exagerado cuando dice que la democracia pende de un hilo, pero cuando llega alguien así al poder es bastante chocante. Ahora está en juego por lo que mis familiares pelearon.
El 17 de mayo de 2013, Jorge Rafael Videla -militar, dictador, represor y genocida- falleció a sus 87 años. Julieta no lo recuerda como un día de vitoreo:
—No sentimos odio o bronca. No queremos devolverles lo mismo. Ellos tienen que vivir con eso, si no, es una bola que nunca frena. La verdad es que a mis abuelos y a mi tía, no me los va a devolver nadie.
Hacer el clic
Desde hace años, Julieta hace una pregunta al aire que resuena cada vez más con el paso del tiempo: “¿Cómo podés extrañar tanto a una persona que no conociste?”. Cuenta que afrontarlo fue difícil, que va a terapia desde los 15 años y que cada 24 de marzo, siempre significó un llanto constante.
—Yo no los iba a conocer nunca. Además de no conocerlos… creo que es la forma en que los arrebatan. La gente, mis familiares, se mueren, pero esto no es lo mismo.
Julieta afirma que no lograba asumir que ésta, también es su historia. Durante toda su vida dijo: “Mis abuelos son desaparecidos” y no: “Yo soy nieta de desaparecidos”.
—Sentía que si lo decía, era como usurpar algo. Mi vieja si es hija de desaparecidos, pero yo no soy nieta.
Hace algunos días, en la marcha del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, Julieta vio una bandera:
—Decía “Nietes” y asimilé que era una agrupación de nietos de desaparecidos. Creo que fue ahí, hace muy poquito, menos de 20 días que terminé de cerrar la idea de que ésta también es mi historia.
No dice más nada por unos segundos, el silencio no incomoda pero enrarece el clima hasta que Julieta, cierra:
—Y es por lo que yo pasé. Es parte de mi historia familiar y es lo que uno adolece. Doler, siempre duele, pero bueno, que sé yo.







