La apicultura en la provincia de Buenos Aires atraviesa una situación compleja, donde cada vez un menor grupo de productores concentran el negocio de la miel mientras las generaciones más jóvenes prefieren desarrollarse en otros rubros, alejándose de la apicultura. Así lo confirman entrevistas a estudiantes de escuelas agropecuarias y las voces de sus protagonistas, Enzo Garaventa en diálogo con INFOCIELO, cuenta que es un apicultor de la localidad de Alberti, exporta su miel y cuenta con años de experiencia en el sector.
Garaventa es tajante a la hora de dar un diagnóstico sobre la apicultura en la provincia de Buenos Aires, él afirma que “se está achicando la cantidad de apicultores” y le adjudica esta situación a varios factores, un envejecimiento de los productores apícolas con jovenes que eligen otros rubros, trabas institucionales, desconocimiento y falta de acompañamiento para que sea sostenible en el tiempo.
El productor explica que para “vivir de la apicultura se necesitan contar con 1.000 colmenas aproximadamente” una escala considerable que contrasta con el inicio humilde del negocio, donde con 10 o 15 colmenas alcanza para empezar de a poco. Sin embargo, para Garaventa, cuya vida entera ha estado atravesada por la producción mielera, la apicultura es fundamentalmente “un trabajo pesado, cuya mayor actividad se concentra en el verano cuando todo el mundo está de vacaciones”. A ese sacrificio físico se le suma una brecha de normas, para Garaventa “cumplir con normativas, la trazabilidad apícola hay que garantizarla”, sin embargo es muy desigual a los largo del país. En este sentido, cuenta que hay un 20 por ciento de salas de extracción apícola habilitadas y de ahí sale la miel que se exporta, que serán unas 90 mil toneladas anuales.
El peso de la escala, el esfuerzo y la paradoja de exportar
Los principales destinos de la miel que se produce en Argentina son países de Europa, Alemania principalmente y Estados Unidos. Garaventa cuenta que la producción apícola del país es aproximadamente de 100 mil toneladas, abasteciendo con 10 o 15 mil el mercado interno, en esta cuenta solo se dan aproximaciones porque “facturado solo se puede contabilizar lo de los grandes supermercados. El resto es artesanal y no se sabe a cuenta exacta cuanto se vende de ahí, los registros datan de 90 o 95 mil toneladas por año, pero sabemos que se produce un poco más”, manifiesta.
Con respecto a su historia personal, es un productor apícola que se dedica desde los 17 años, siendo la puerta de entrada su papá, con quién compartió los inicios entre colmenas. Desde el 2008 son exportadores y la familia también es parte del rubro, “mi hija es contadora, mi sobrino y hermano siguen con las colmenas”, cuenta. El productor afirma que “para comenzar no necesitas un bolsillo muy grande, según Garaventa con 10- 15 colmenas para empezar esta bien, se empieza de a poco”.
Para Garaventa, que la producción de miel atravesó toda su vida, la apicultura es “un trabajo pesado, que la mayor actividad se concentra en el verano cuando todo el mundo está de vacaciones”. En este sentido, le agrega que la apicultura necesita práctica y lo que se enseña en escuelas y programas estatales solo quedan en la teoría y “se necesita que la gente esté en el campo, pueda saber si hay comida, que enfermedades tiene una abeja, si están sanas”. Esta situación y que las actividades primarias estén “tan castigadas” son las que para el productor desalientan a que más jóvenes se acerquen. Muchas familias en la actualidad, tienen apicultura como actividad secundaria, sacan 20-30 tambores, ayudan a una actividad primaria que tienen.

La hiper-fiscalización del SENASA y las tramas burocráticas
Para poder exportar y competir en esos exigentes mercados internacionales, la normativa exige garantizar de punta a punta la trazabilidad apícola. No obstante, las trabas regulatorias ahogan cotidianamente a los productores. Garaventa denuncia que a los apicultores les complica la vida la falta de unificación normativa, ya que cada provincia se maneja con reglas distintas para trasladar la miel, al punto de llegar a necesitar “un empleado solo para llevar papeles”.
A este complejo entramado administrativo se le suma una reciente vuelta de tuerca institucional que amenaza con paralizar a los pequeños productores. A través del Memorándum ME-2026-48972764, el Poder Ejecutivo Nacional oficializó que, a partir del 1º de agosto de 2026, se implementará la conexión obligatoria del Documento de Tránsito Electrónico (DTE) con el Sistema Informático de Trazabilidad Apícola (SITA), dando respuesta a una estricta observación formulada por la Unión Europea.
Esta medida exige que la trazabilidad comience directamente desde el apiario —el cual debe estar geolocalizado y con un cupo actualizado de hasta 200 colmenas—, obligando al productor a gestionar un DTE por cada apiario que coseche para utilizarlo como orden de extracción indispensable. Además, se estableció que a partir de esa fecha solo se podrán trazar los tambores cuya miel haya sido recibida en la sala de extracción con dicho documento cerrado, recomendando Sanidad procesar y devolver los cajones melarios en un plazo no mayor a 48 horas.
El problema principal radica en que el sistema presupone una infraestructura formal que en la práctica es escasa, solo un 20 por ciento de las salas de extracción apícola se encuentran oficialmente habilitadas en la provincia de Buenos Aires. La exigencia de hiper-fiscalización sobre tambores y movimientos expone así una profunda asimetría entre las exigencias del mercado externo y la realidad de los productores locales, quienes corren el riesgo de quedar fuera de la legalidad por falta de instalaciones certificadas y exceso de burocracia que “le complica la vida a los productores“, sostiene Garavana.
Un mapa agronómico en movimiento constante
A pesar de estas dificultades, la provincia de Buenos Aires se consolida como la principal cuenca apícola del país, seguidas por Entre Ríos, Córdoba, Santa Fe. El ecosistema bonaerense ofrece un escenario ideal signado por las condiciones climáticas, la actividad agropecuaria y la cuenca del Río Salado. Sin embargo, el histórico boom de la soja y los campos con fumigaciones intensivas obligaron a muchos apicultores a mudar temporalmente sus colmenas hacia pasturas naturales en La Pampa para preservar la salud de sus abejas.
En tierras bonaerenses, se explica que las colmenas tengan un contexto ideal en La Plata, Mar del Plata y la Costa Atlántica donde se produce girasol, Castelli, Rauch y Madariaga por la actividad ganadera y los campos con alfalfa. La producción apícola en Argentina va rotando dependiendo la provincia y el tipo de miel que se genera, en Salta- Tucumán prevalece la miel de limón que se produce en octubre; en Santiago del Estero, San Luis y San Juan de algarrobo y la producción se condensa en noviembre y diciembre. En tanto, la miel de catay que es un producto de edición limitada, con una miel más oscura se produce en las islas y humedales del Río Paraná en zonas de Buenos aires, Entre Ríos y Santa Fe. En esta última también se produce la miel de eucaliptus es un producto elaborado por las abejas a partir del néctar de las flores del árbol de eucalipto.

La apicultura es un oficio familiar cruzado por la vocación y el arraigo. En el caso de Garaventa, la firma exportadora creada en 2008 cuenta con experiencia en el rubro. Sin embargo, el testimonio de los protagonistas y la realidad en los colegios agropecuarios demuestran que el relevo generacional está en peligro. Sin un acompañamiento estatal efectivo, una simplificación de los trámites de trazabilidad y salas de extracción accesibles, el mapa apícola argentino corre el riesgo de seguir perdiendo a los guardianes de sus panales.

