La periodista Luciana Lanzi en el programa “Palabras más, palabras menos” de LA CIELO FM 103.5 sorprendió con un tema que para muchos es desconocido. A través de unas imágenes de un paisaje de “nieve, hielo” que “parece un búnker de guerra”, están todas las semillas del mundo. Ubicado en Svalbard, un archipiélago noruego en el corazón del Ártico. Este lugar, definido como “la nada misma en el medio de todo nevado”, custodia el recurso más valioso para la supervivencia, la biodiversidad agrícola del planeta.
Una póliza de seguro bajo el hielo
El Banco Global de Semillas funciona como una “copia de seguridad de todas las semillas que sirven para alimentación”, explica la periodista. Es una suerte de “arca de Noé de las plantas” diseñada para proteger los cultivos frente a catástrofes como el cambio climático, guerras o radiación.
El proceso de ingreso es riguroso, las semillas llegan en “sobrecitos termosellados” o “tubitos de ensayo”, tras pasar por un escaneo similar al de los aeropuertos. Una vez dentro, el tesoro se interna “130 metros adentro de la montaña” a través de un túnel que desemboca en tres cámaras acorazadas. Allí, la organización es estricta, “es como una caja de seguridad de un banco donde vos vas y dejás tu cajita ahí; solo vos podés retirar lo que pusiste”, cuenta Lanzi.
La elección del sitio responde a una lógica estratégica. Svalbard es el “lugar más septentrional al que se puede llegar en avión” mediante vuelos comerciales, combinando aislamiento y accesibilidad. Además, aunque el búnker cuenta con refrigeración artificial a -18°C, la geología del lugar es la mayor garantía, si fallara la energía, la temperatura del suelo, que vive congelado, “igualmente garantizaría la preservación de esos cultivos”, cuenta Lanzi, al mantenerse naturalmente bajo cero.
Cuando el futuro reclama su reserva
A pesar de su enorme capacidad, el búnker solo ha registrado un retiro en sus 18 años de historia. Fue el centro de Alepo, en Siria, el que solicitó sus reservas debido a que un cultivo, según cuenta la periodista, “por la guerra de Siria se había extinguido”. Gracias a este respaldo, las semillas fueron recuperadas, replantadas y “a partir de ahí se volvió a recultivar”.
Una de las curiosidades más impactantes relatadas por Lanzi es que en este archipiélago rige una ley inusual, la periodista explica que “no está permitido enterrar a nadie”. La razón es biológica, “es tal la temperatura que no hay degradación, no hay descomposición”.
Este fenómeno se descubrió tras la gripe española de 1918, cuando se percataron de que los cuerpos de las víctimas y el propio virus permanecían intactos, representando un riesgo sanitario latente. Por ello, si alguien es un enfermo terminal, es trasladado al continente, ya que el frío extremo que preserva las semillas también impide el ciclo natural de la muerte.
El eco en tierras argentinas
La preocupación por la “soberanía alimentaria y la sustentabilidad” también tiene su correlato local a través de los bancos de germoplasma. Lanzi destaca el caso del Alto Valle de Río Negro, donde se conservan “todas las variedades de manzanas que existen en el mundo” para evitar que se pierdan por criterios comerciales.
Este “archivo” vivo ha permitido el florecimiento de la industria de la sidra artesanal. Mientras que antes la sidra se hacía con “el desecho de lo que no se podía comercializar”, hoy el acceso a estas variedades genéticas permite un “reaprovechamiento mucho más interesante y una diversificación que no hubiera sido posible si no tenemos este archivo”, afirma Lanzi. Ya sea en el Ártico o en la Patagonia, estos búnkeres son la garantía de que la humanidad siempre tendrá una semilla para volver a empezar.

