Una intensa actividad sísmica sacudió de forma casi simultánea puntos tan distantes como el norte de Venezuela, la costa de Japón, el norte de California, Filipinas y Papúa Nueva Guinea. La coincidencia temporal de estos fuertes movimientos telúricos en la franja del Pacífico y el Caribe encendió las alarmas globales y alimentó el mito de una respuesta en cadena de la corteza terrestre. Sin embargo, la ciencia prefiere hablar de una imponente —y trágica— casualidad geológica.
La peor parte se la llevó Venezuela. Dos devastadores terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 sepultaron bajo los escombros el norte del país, con especial fuerza en Caracas y el estado costero de La Guaira, donde los equipos de rescate aún buscan desesperadamente sobrevivientes. El Gobierno venezolano ya elevó la cifra oficial a 235 muertos, 4.300 heridosy 49.617 desaparecidos, se suspendieron las clases y los servicios de metro y ferrocarril, decretando el estado de emergencia junto a la creación de un fondo especial para la reconstrucción.
Casi en paralelo, un fuerte sismo de magnitud 6,9 sacudió la costa noreste de Japón, frente a la prefectura de Iwate, obligando a suspender servicios ferroviarios. Horas más tarde, los sismógrafos del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) registraban un movimiento de 5,6 en Redwood Valley, California, seguido por réplicas, además de un sismo de magnitud 5,4 al este de Kokopo, en Papúa Nueva Guinea, y otro de 4.9 en Filipinas.
Frente a este escenario, Celeste Bollini, sismóloga graduada de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y actual coordinadora de la red sismológica de Tierra del Fuego en la Estación Astronómica Río Grande (EARG), en diálogo exclusivo con INFOCIELO explicó que “los terremotos más significativos, desde el punto de vista de la magnitud, que ocurrieron ayer fueron los dos de Venezuela (M 7.2 y M 7.5) y uno en Japón (M 6.9)”. Para desarmar el rompecabezas de esta coincidencia, Bollini es tajante “por la enorme distancia entre Japón y Venezuela, los sismos en cada país no están relacionados entre sí”.

El “doblete sísmico” en Venezuela
Donde la conexión sí fue real, íntima y devastadora, fue dentro de las propias fronteras venezolanas. Los dos sismos principales ocurrieron en la falla de Boconó y San Sebastián, un sistema horizontal que liberó energía de forma casi instantánea. La especialista consultada afirma que, “los dos de Venezuela sí están relacionados, ya que ocurrieron con muy poca diferencia en tiempo (menos de un minuto) y sus epicentros están muy cercanos, pocos kilómetros entre el epicentro de uno y de otro. Por eso, y siendo que las magnitudes de ambos son similares (menos de un grado de diferencia), es que se habla de un ‘doblete sísmico'”, detalla Bollini. El primer quiebre transfirió la tensión a un segmento adyacente, haciéndolo estallar apenas 39 segundos después.
La tragedia humanitaria posterior expone otra arista fundamental de la sismología moderna, la vulnerabilidad estructural e institucional de las regiones afectadas. “Venezuela se llevó la peor parte porque sufrió dos sismos de gran magnitud, muy superficiales, entre 10 y 20 km de profundidad, lo que hace que llegue más energía a la superficie y además porque comparado con otros países, como por ejemplo Japón, posiblemente sea más vulnerable”, analiza la geofísica de la UNLP. “Esto significa que sufre más las consecuencias de un sismo debido a una menor preparación de la gente para saber cómo actuar en caso de ocurrencia de un evento natural como este, porque tiene menos construcción sismorresistente y un sinfín de aspectos sociales, económicos, y culturales”.
La imposibilidad del pronóstico y las deudas locales
Frente al pánico colectivo que generan estos eventos globales, la gran pregunta que flota en la opinión pública es si estas catástrofes se pueden predecir. La respuesta científica sigue siendo un rotundo no.
“No pueden hacerse pronósticos de terremotos. Al menos al día de hoy no contamos con suficiente tecnología para eso”, remarca Bollini. Ante esa falta de previsión temporal, la única defensa real es la inversión y la prevención activa. “Por esa razón son fundamentales las campañas de prevención en la población, que las autoridades tomen conciencia, que se invierta en ciencia y tecnología para incrementar nuestro conocimiento de estos fenómenos y poder monitorear mejor las zonas con actividad sísmica”.
Aunque el epicentro de la noticia se ubique hoy en el Caribe y el Pacífico, la preocupación se traslada inevitablemente a las realidades locales. En Argentina, el mapa de peligrosidad es sumamente dispar. Si bien las llanuras bonaerenses registran una peligrosidad muy baja, el escenario cambia drásticamente al viajar hacia el sur del territorio nacional.
“Donde estoy yo en Tierra del Fuego, sí podría ocurrir un terremoto similar a los de Venezuela”, advierte la sismóloga, trayendo a la memoria el registro histórico de la isla, “de hecho hay antecedentes, los últimos en la historia, dos sismos el 17 de diciembre de 1949, de magnitudes estimadas entre 7.5 y 7.8, superficiales, ocurridos con algunas horas de diferencia”. En aquella mitad del siglo XX, el impacto no devino en catástrofe simplemente porque la densidad poblacional era mínima.
Hoy, con ciudades en constante expansión, el panorama en el sur argentino sería completamente distinto. “Por eso estamos monitoreando la sismicidad acá y tratamos de impulsar desde la EARG campañas de prevención sísmica. Estamos trabajando en conjunto con Defensas Civiles de Ushuaia, Tolhuin y Río Grande, y Protección Civil provincial”, concluye Bollini, quien además remarca el “esfuerzo monumental” que requiere sostener la ciencia en el país, habiendo dirigido proyectos que permitieron adquirir nuevos sismómetros para robustecer la red de control local.

