La homilía de Monseñor Jorge García Cuerva durante el Tedeum del 9 de julio de 2026 se convirtió en una pieza de alto voltaje político al cuestionar los pilares del discurso oficial y la gestión del Gobierno Nacional. A través de la parábola del buen samaritano, el Arzobispo lanzó definiciones que impactan directamente en la narrativa libertaria, especialmente en lo referido al rol del Estado y la sensibilidad social.
Desde el ala libertaria recogieron el guante. Lilia Lemoine, diputada nacional cercana al Presidente Javier Milei tildó de “hipócrita” y “aburrido” a García Cuerva, quien, dijo, “no representa los valores” que le enseñaron en la Iglesia. “Un cargo tan importante para la fe de los católicos ocupado por una persona que trata de transmitir empatía y justicia y termina sonando arrogante y vacío” se descargó.
En su homilía, el Arzobispo porteño cuestionó la mirada sobre el gasto público que tiene el gobierno libertario, reivindicó la Justicia Social, y criticó el enriquecimiento de funcionarios que en otro momento se definían como anti casta.
En una de sus intervenciones más directas contra el ajuste, García Cuerva se refirió a la gestión de los recursos públicos cuestionando la lógica del “déficit cero” a cualquier costo. “Lo que gastes de más no siempre es sinónimo de derroche o de despilfarro; a veces es invertir en los más débiles”, planteó para agregar que acompañar a los sectores vulnerables, como las personas con discapacidad, es una acción que debe realizarse “por caridad pero también por justicia”.
En su reivindicación de la Justicia Social, un concepto que el Presidente ha calificado históricamente como una “aberración”, el Arzobispo la puso en el centro de su mensaje citando la encíclica Humanitas del Papa León XIV. Afirmó que se reconoce por la capacidad de un orden político que permita que “ninguno se quede atrás”.
Remarcó que las heridas sociales requieren, además de honestidad, de la “templanza del diálogo” y de esta justicia para ser sanadas.
Sin distinción partidaria, pero con un mensaje que resuena en el clima de época, García Cuerva denunció una política que sobrevive en la autorreferencialidad. Describió un camino nacional plagado de “intolerancia”, “enfrentamientos constantes” y una “crueldad hacia los más débiles”.
Señaló que mientras los dirigentes se pierden en “discusiones eternas y alejadas de la realidad”, el pueblo sufre el robo de sus esperanzas por parte de quienes se esconden en “cuevas de corrupción”. Pidió a Dios una independencia de la “mezquindad política” y de la “competencia feroz por el protagonismo”.
Por último, en un mensaje que interpela la constante referencia a la “pesada herencia” o a los enemigos políticos, el Arzobispo llamó a una introspección nacional. “La patria nos pide hoy un gran examen de conciencia colectivo. No miremos al costado buscando culpables eternos”, sostuvo.
En ese sentido, instó a abandonar la “coraza” individualista y a dejar de lado los “comentarios crueles que profundizan heridas sin resolver nada”. Finalmente, el Arzobispo concluyó que en la Argentina “nadie es descartable” y que la construcción de puentes es la única salida frente a quienes quieren “levantar muros”. Citando a Lionel Messi, cerró su intervención destacando que el mérito de un grupo debe estar siempre “por encima de todas las individualidades” para alcanzar el sueño de todos los argentinos.

