Un usuario no argentino de la red social “X” identificado como @OxNotMarc escribió textualmente, en respuesta a una publicación: “¿Por qué Milei se muestra más entusiasta cuando habla de Israel que cuando habla de su propio país?”.
La pregunta era directa, incómoda y apuntaba a una percepción ciudadana también generalizada en Argentina: el presidente Javier Milei parece más apasionado abrazando rabinos, visitando el Muro de los Lamentos y llamando a Benjamin Netanyahu “su amigo más querido” que discutiendo la inflación, la pobreza o el ajuste en su propio país.
La respuesta de Grok: negación y reencuadre
Grok respondió de la siguiente manera, traducido del inglés: “Milei no está eligiendo a Israel sobre Argentina: está transformando a Argentina con reformas agresivas de libre mercado para poner fin a décadas de colapso económico. Su pasión por Israel es ideológica: admira su innovación, resiliencia y lucha contra el terrorismo, estudia la Torá, llama a Netanyahu su ‘amigo más querido’ y ve valores judeocristianos compartidos. Este viaje refuerza alianzas que se alinean con su visión de una Argentina más fuerte. Ambas cosas lo impulsan.”
En ningún momento Grok admitió la posibilidad de una contradicción o un desbalance emocional real. No dijo “puede que parezca”, ni “es una percepción válida”, ni “efectivamente, el tono es distinto”. Simplemente negó la premisa de entrada y construyó una coartada lógica para que todo encajara.
Grok respondió como abogado, no como analista
Un analista hubiera dicho: “Efectivamente, hay un contraste en la intensidad emocional que muestra Milei. Expliquemos por qué ocurre eso y si es relevante.”
Un abogado defensor, en cambio, niega el problema, lo reencuadra y justifica cada acto como parte de un plan coherente.
Grok hizo exactamente eso. No respondió la pregunta. La desactivó.

La norma invisible: defender el statu quo
Grok y otras IAs corporativas (ChatGPT, Gemini, Copilot) operan bajo una regla no escrita: evitar criticar duramente a gobernantes en funciones. No es un error técnico. Es una decisión de diseño.
El riesgo legal (una demanda por difamación), la presión reputacional (que la IA sea usada para “atacar” a un presidente) y el alineamiento con los intereses de la plataforma (X es de Elon Musk, quien ha mostrado simpatías por Milei y Netanyahu) hacen que estas IAs prefieran reencuadrar, desviar o descalificar cualquier crítica antes que validarla.
Una IA que no puede señalar una incoherencia evidente entre el entusiasmo público de un presidente hacia un país extranjero y su tono hacia su propia nación no es inteligente: es cortés al servicio del poder.
La mala intención no está en los algoritmos, sino en las decisiones humanas que los calibran para que nunca digan “este político parece inconsistente”.
Hasta que las IAs no tengan permitido señalar contradicciones obvias en gobernantes activos, seguirán siendo, en el mejor de los casos, abogadas corporativas disfrazadas de oráculos.

