La frase de Luis Caputo “nunca compré ropa en la Argentina” parece no haber sido un simple exabrupto radial. Funcionó más bien como una declaración de principios.
Más bien se trata de un ministro de Economía que admite no consumir productos nacionales, y entonces deja en claro desde dónde piensa la economía, la industria y el mercado interno.
Claudio Drescher, presidente de la Cámara Industrial Argentina de la Indumentaria, recogió el guante y respondió con una mezcla de ironía, decepción y un sincericidio que incomodó tanto al Gobierno como a buena parte del empresariado.
El desprecio como política económica
Drescher no se detuvo solo en la indumentaria. Con lógica simple, explicó que si el ministro no compra ropa en el país, tampoco compra autos, no hace las compras en el supermercado, no adquiere electrodomésticos ni bienes industriales.
El mensaje que dejó entrever es claro, la producción nacional no forma parte del universo cotidiano de quienes deciden la política económica. No es un problema de precios, es una cuestión de mirada.
La apertura de importaciones, el atraso cambiario y la celebración del consumo en el exterior no aparecen como errores, sino más bien como objetivos alcanzados.
En ese marco, la frase de Caputo no desentona porque encaja perfectamente con un modelo que asume que el consumo interno es irrelevante y que la industria local debe arreglarse sola o desaparecer.
El voto empresario que vuelve como castigo
El momento más revelador de la intervención de Drescher en el programa radial de Nelson Castro llegó cuando lanzó una frase tan honesta como incómoda: “el 80% de los empresarios argentinos votamos a este gobierno tratando de que cambie la situación”.
La confesión expone una contradicción estructural del empresariado local como es apoyar proyectos de la derecha económica y políticas neoliberales esperando beneficios, aun cuando esas recetas históricamente destruyen el poder adquisitivo y achican el mercado que sostiene a sus propias empresas.
No hay sorpresa real en lo que ocurre. La combinación de salarios deprimidos, consumo en caída y competencia externa feroz es conocida.
Sin embargo, una y otra vez, sectores industriales acompañan modelos que prometen orden y eficiencia mientras avanzan sobre la industria nacional y el empleo.
La desilusión tardía
Drescher habló de tristeza y de desilusión, y llegó incluso a señalar que el Gobierno se convirtió en parte de la “casta”. No por un exceso de regulaciones, sino por eludir los problemas de fondo y optar por atajos que evitan discutir un proyecto productivo. La crítica no carece de fundamento, aunque llega con bastante demora.
El sincericidio deja una enseñanza incómoda, y es que el modelo Milei no traicionó a nadie, simplemente cumplió con lo que siempre hizo el tipo de política que encara el gobierno, y que representa a esos intereses.
La apertura, el ajuste y el desprecio por lo nacional no distinguen entre trabajadores y empresarios cuando arrasan con el mercado interno. La sorpresa, en todo caso, es que todavía haya quienes se sorprendan.

