El economista Ricardo Arriazu, uno de los preferidos de Javier Milei, no necesitó hablar demasiado de mercados ni de tasas para llamar la atención en la Bolsa de Comercio. Bastó con su retrato del votante libertario, delineado con precisión quirúrgica y una frialdad que sólo el establishment es capaz de exhibir.
Según su análisis, ese votante no es más que un joven varón, de bajos ingresos y con limitados conocimientos de economía. Un perfil que, en la lectura del economista, explica tanto el entusiasmo inicial con el gobierno como la facilidad con la que ese mismo apoyo puede evaporarse al primer sacudón inflacionario.
El votante según la lupa financiera
Arriazu habló de encuestas y de datos duros, pero lo que terminó construyendo fue una radiografía social en la que el electorado de Milei aparece reducido a reacciones instintivas, casi automáticas. Su idea fue clara: no hay convicciones profundas, sino una sensibilidad emocional a los precios del súper, al billete verde y al empleo precario.
“Este segmento tiene un déficit de comprensión sobre la implementación de medidas económicas.”
El votante libertario, dijo, “no entiende nada” de política económica. Esa falta de comprensión lo vuelve más susceptible, más volátil, más dependiente de la coyuntura que de un programa ideológico. Es decir, un electorado definido menos por lo que piensa que por lo que padece.
Volatilidad, ignorancia y reacción instantánea
El cuadro que pintó Arriazu funciona como un manual de la distancia entre “las torres de cristal” y la calle. Desde la perspectiva de los grandes operadores, lo que sostiene a Milei no son convicciones de largo plazo, sino la inmediatez de una juventud pobre que quiere resultados rápidos y reacciona ante cada vaivén económico.
“Los jóvenes votantes (de Milei) presentan alta sensibilidad a indicadores como inflación, empleo y actividad económica.”
En otras palabras, el entusiasmo libertario estaría condenado a depender de índices y porcentajes que, en cualquier momento, pueden dar vuelta el tablero. Una definición que, aunque vestida de tecnicismo, lleva implícita una lectura paternalista: la política como un juego de adultos que los votantes jóvenes, por ahora, no terminan de comprender.
El discurso de Arriazu expuso la mirada del establishment sobre el presente, y también la incomodidad ante un electorado que, justamente por ser tan imprevisible, se convierte en el principal factor de riesgo.