En medio de un clima de creciente preocupación por la seguridad en la Costa Atlántica, la comunidad de Cariló ultima los detalles para la presentación de un proyecto que promete reabrir un viejo debate regional: la implementación de un sistema de control de accesos y vigilancia permanente que transformaría por completo la dinámica de ingreso al exclusivo balneario. La iniciativa, impulsada por vecinos y empresarios locales, será elevada en los próximos días al Municipio de Pinamar para su evaluación formal.
El plan, concebido como un Programa Complementario de Seguridad, propone un modelo de administración del espacio público que se asemeja más al de un barrio privado que al de una localidad turística tradicional. Las medidas incluyen el cierre perimetral con alambrados, la instalación de escáneres de documentos en todos los puntos de ingreso y un patrullaje continuo a cargo de móviles privados y vehículos 4×4. De aprobarse, Cariló pasaría a tener únicamente cuatro accesos habilitados: uno en su propio límite, otro desde Ostende, un tercero desde Valeria del Mar y el ingreso principal por la calle Bunge.
El proyecto será sometido a revisión legal, administrativa y operativa por parte de las autoridades municipales, quienes deberán determinar si la iniciativa se ajusta a las normativas vigentes y si puede sostenerse en términos de infraestructura y controles. En paralelo, sectores del propio Pinamar advierten que la implementación podría modificar el tránsito habitual entre localidades y redefinir el uso del espacio público en una zona que depende del flujo turístico.
La discusión vuelve a poner sobre la mesa tensiones históricas entre Cariló y Villa Gesell, especialmente durante la temporada estival, cuando ciertos sectores atribuyen a la ciudad vecina parte de los hechos delictivos registrados en el área. Esta narrativa, recurrente cada verano, alimenta la demanda de medidas más estrictas por parte de algunos residentes y comerciantes de Cariló.
Mientras crece la expectativa por la presentación oficial, el recuerdo de iniciativas similares también vuelve a cobrar relevancia. En el año 2000, un intento por establecer un cerco perimetral similar generó un fuerte rechazo social y político. Aquella propuesta, que contemplaba incluso un alambre olímpico con púas, fue descartada tras recibir críticas del entonces intendente Blas Altieri, quien consideró que se trataba de un proyecto “más adecuado para un country que para un municipio”.
Ahora, con un nuevo esquema sobre la mesa y un contexto social diferente, la región se prepara para un debate que cruzará seguridad, turismo, urbanismo y convivencia entre municipios vecinos. La decisión municipal, cuando llegue, marcará el rumbo de una discusión que promete no pasar desapercibida.

