Hay un momento en el que el análisis político en los medios hegemónicos de comunicación deja de apoyarse en hechos, datos o decisiones concretas y se transforma en algo bastante más resbaladizo, es decir en la interpretación psicológica del poder. Eso fue lo que ocurrió en La Nación Más cuando Cristina Pérez decidió explicar la renuncia de Marco Lavagna al frente del INDEC no desde lo verificable, más bien desde un lugar tremendamente audaz: la mente del presidente Javier Milei.
En su editorial, Pérez aclaró que no estaba dando una opinión propia (“y esto no lo pienso yo”, dijo textual).
Ella, según dijo, solo transmitía “lo que estaría pensando el propio presidente”. La frase más que una licencia retórica, quiso funcionar como eje central del razonamiento. A partir de esa premisa, la periodista construyó una explicación en la que Lavagna no es un funcionario con diferencias técnicas o criterios profesionales distintos, sino un actor político que habría decidido traicionar al Gobierno desde adentro.
Según esta lectura, Lavagna se habría “empecinado” en impulsar un nuevo índice de precios con un objetivo oculto, el de perjudicar la medición de la inflación y, con ella, el relato libertario de una baja sostenida de precios (por supuesto que la leal Cristina, esposa de Petri, no lo dijo así).
Pérez fue más lejos todavía al afirmar, siempre desde la mente ajena, que el ex titular del INDEC estaría jugando para su “jefe político”, Sergio Massa, derrotado por Milei en las elecciones de 2023.
La traición que aparece cuando incomoda
El problema central de esta construcción es que además de la acusación, habría elegido adrede su oportunidad. Lavagna llevaba más de dos años al frente del INDEC de Milei, habiéndose quedado desde la gestión Fernández, y ahora “redepente“, diría Niní Marshall, pasó a ser señalado como un “traidor”.
Durante todo ese tiempo, el organismo publicó índices, estadísticas y datos que fueron utilizados sin reparos por el propio Gobierno. La traición, curiosamente, aparece recién cuando la actualización de la canasta de bienes y servicios amenaza con mostrar números menos favorables.
La lógica resulta difícil de sostener para cualquier público mínimamente atento, despabilado e inteligente. Si Lavagna respondía políticamente a Massa, lo hacía desde el primer día o no lo hacía nunca.
Pensar que decidió sabotear al Presidente justo ahora implica aceptar un nivel de paranoia política que reemplaza el análisis por la sospecha permanente. En ese esquema, los números no pueden ser incómodos por sí mismos: alguien tiene que estar conspirando.
En ese sentido, el editorial de Pérez funciona exactamente como una defensa narrativa del Gobierno y en absoluto como una explicación periodística. Cuando la realidad amenaza con romper el discurso, la solución no es revisar el discurso, sino cuestionar (recién ahora) la lealtad de quien mide la realidad.
El contexto reducido a lo esencial
El trasfondo real del conflicto es bastante más sencillo y no necesita lecturas mentales. Existían diferencias entre el Gobierno y Lavagna sobre el momento adecuado para aplicar una nueva metodología del Índice de Precios al Consumidor.
Mientras el ex titular del INDEC impulsaba la actualización, el Ejecutivo prefería postergarla para no alterar comparaciones ni complicar el mensaje oficial sobre la inflación. Esa discrepancia fue reconocida públicamente y alcanza para explicar la salida.
Todo lo demás es construcción. Al convertir una diferencia técnica en una supuesta conspiración política, el editorial de Cristina Pérez no informa, sino que pretende interpretar intenciones. Y al hacerlo, instala una idea inquietante… cuando los datos no acompañan, el problema no es el índice, sino quien se atreve a medirlo. La periodista “mentalista” hace su trabajo.

