Por GM
Lo más probable si vas a jugarle al Barça de Messi como visitante es que te comas un baile. El problema no es que el resultado responda a la lógica, aunque la lógica no siempre explique el fútbol. El problema es que no inviertas un rato en el pizarrón armando un planteo táctico que te permita, de mínima, evitar una goleada. Las comparaciones suelen ser odiosas, sobre todo cuando mezclás el fútbol con la política, pero también suelen ser ilustrativas.
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Algo parecido le está pasando a la administración de Alberto Fernández en la pesada carga de manejar una crisis que no reconoce antecedentes. Lo primero que hay que decir es que ciertamente el Gobierno no se preparó para jugar este partido. Justo es reconocerlo. Lo sorprendió una pandemia que azotó al mundo y que lo obliga permanentemente a poner en práctica medidas que muchas veces hay que probar directamente en la cancha. Por más asesorado que esté, la realidad sorprende incluso a los expertos que transitan la emergencia a veces sin certezas que le permitan conocer al rival en su plenitud, al que todavía estudian en sus aspectos más devastadores.
Mientras pelea contra la pandemia, el Gobierno está perdiendo una batalla que debió haber identificado de entrada. La ofensiva despiadada de algunos medios y comunicadores en su contra. No hay tregua, ni en plena crisis. Fijan temas en la agenda que lo exponen permanentemente a la ingrata tarea de salir a explicar que no va a hacer, lo que ellos dicen que hará.
En el universo de los medios, la maquinaria a la que se enfrenta el Gobierno Nacional tiene la fortaleza de la mejor versión del Barça. Juega, y lastima. Aprovecha cada pequeña fisura en el esquema de comunicación oficial y la perfora hasta límites impensados.
Algunos ya le advierten al presidente que debería reformular el vínculo con la ciudadanía para contrarrestar la instalación de temas en la agenda. Siempre es más fácil anticiparse a la jugada, que salir a cortarla desde atrás.
Desde diciembre, pero, sobre todo, desde que se desató la pandemia, los funcionarios nacionales se ven empujados a contrarrestar por los medios el efecto nocivo que tiene en la imagen del Gobierno la difusión de supuestas medidas que no son tales. Algunas parecen directamente inventadas, como la polémica en torno a las cárceles y la salida de presos que la oposición se encargó de regar en la sociedad casi como si fuera una política de Estado que se pergeñó en Casa Rosada. Otras son variaciones de medidas en estudio que, digitadas en el relato periodístico, se presentan en sociedad deliberadamente deformadas, como la teoría según la cual el Gobierno estudia aplicar un impuesto excepcional para atender el costo de la pandemia, que “afectaría” a la mayor parte de la clase media, o el bono para empleados del congreso de 70 mil para todos los empleados.
En un caso y en los otros el Gobierno se esfuerza para explicar lo que jamás estuvo en su plan de acción. ¿Por qué debería salir el mismísimo presidente Alberto Fernández o, para el caso, el gobernador Axel Kicillof a explicar que no simpatizan con la idea de soltar presos de frondoso prontuario de forma indiscriminada, si nunca estuvo en sus planes? Del mismo modo que tuvieron que salir a tranquilizar a la golpeada clase media para asegurar, de una vez por todas, que el impuesto excepcional –que, de paso, estudia y debe aprobar el Congreso, no el Ejecutivo- que se discute afectará a las 11 mil fortunas más ricas del país, para contrarrestar el daño en la imagen que provoca la noticia publicada. O también salir a aclarar que eran 141 empleados que hicieron tareas en Semana Santa y no Todos los empleados y que el bono no era de 70 mil .
El costo para la administración se manifiesta en un trabajo doble. Proyectar y difundir las acciones para evitar la propagación del virus atendiendo el frente sanitario mientras pone en marcha medidas económicas para paliar la crisis que provoca la parálisis de la actividad, mientras se desdobla por explicar, en paralelo, acciones que algunos medios y comunicadores dicen que están en carpeta, pero que el oficialismo no reconoce ni impulsa.
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