La escena parece diseñada para poner a prueba la capacidad de asombro del mundo. Mientras la Franja de Gaza sigue contando muertos, desplazados y ciudades reducidas a escombros, Donald Trump anunció la creación de un Consejo de Paz internacional. Hasta ahí, el gesto podría leerse como un intento diplomático más. El problema surge ahora cuando uno de los nombres confirmados para integrarlo es el del primer ministro de Israel, el propio Benjamin Netanyahu.
La noticia se conoció a través de agencias internacionales y fue confirmada por el propio gobierno israelí, cuando comunicó que Netanyahu aceptó la invitación de Trump para integrar el organismo que, según Washington, tendrá como misión supervisar la transición y la reconstrucción de Gaza.
La paradoja es tan evidente que casi no necesita ser explicada. El dirigente que condujo la ofensiva militar más devastadora sobre el enclave palestino ahora se sienta en la mesa donde se hablará de paz.
La paz según sus protagonistas
El Consejo fue presentado como un espacio de líderes mundiales destinado a ordenar el escenario de posguerra. Sin embargo, su composición inicial dejó más preguntas que certezas.
Netanyahu no llega como observador externo ni como figura neutral, sino como uno de los actores centrales del conflicto. Para amplios sectores de la comunidad internacional, es el principal responsable político de una campaña militar señalada por organismos humanitarios como genocidio.
Desde Israel no se ofrecieron mayores precisiones sobre el rol concreto que tendrá el primer ministro dentro del Consejo. Tampoco se explicaron los criterios para definir quiénes pueden integrar un órgano que habla de paz mientras excluye, por ejemplo, a las voces palestinas con representación real en el territorio. La imagen que queda flotando es inquietante, porque deja entrever que en ese esquema los mismos protagonistas del desastre administran su supuesto cierre.
Trump, fiel a su estilo, presentó la iniciativa como un gesto de liderazgo global. En ese marco, la incorporación de Netanyahu funciona como un mensaje político claro en donde la lectura del conflicto no se revisa, se consolida.

Aliados, silencios y apuros diplomáticos
Entre los primeros países en aceptar la invitación estuvo Argentina. El gobierno de Javier Milei confirmó rápidamente su participación, alineándose sin matices con la propuesta estadounidense.
El apuro llamó la atención incluso en ámbitos diplomáticos: mientras varias potencias europeas optaron por el silencio o el rechazo, Buenos Aires levantó la mano sin hacer demasiadas preguntas.
La decisión se inscribe en una estrategia más amplia de política exterior, marcada por la necesidad del gobierno argentino de mostrarse cercano a Trump y a su agenda internacional.
La guerra y la paz
En ese movimiento, el Consejo de Paz aparece menos como una herramienta humanitaria y más como una foto política. Una foto donde Argentina se ubicó rápido, casi por reflejo, en la primera fila.
Así, el tablero global ofrece una postal difícil de digerir. Se trata de un Consejo de Paz integrado por quienes condujeron la guerra, liderado por un presidente estadounidense acostumbrado a dinamitar consensos y acompañado por aliados que prefieren no incomodar. Todo bajo el rótulo de la paz, mientras las contradicciones quedan a la vista, esperando que alguien finja no verlas.
“La paz”, al menos en este esquema, parece haber sido definida por quienes todavía no explicaron la guerra.

