Hay frases que no se borran. En 2023, Eduardo Serenellini sostuvo desde su programa en La Nación+ que comer una vez por día “es normal y no debe dar vergüenza”. Meses después, el gobierno de Javier Milei lo designó Secretario de Medios y Comunicación Pública.
El círculo se cerraba con una coherencia que incomod, porque alguien que minimizó el hambre ajeno pasaba a administrar la narrativa oficial sobre ese mismo ajuste.
Duró algo más de un año.
En enero de 2025, su renuncia fue oficializada en medio de viajes y privilegios cuestionados hacia él, un par de internas, y un rol que nunca terminó de definirse para que estaba.
Ahora Serenellini volvió a circular en redes. En un video que se difundió en las últimas horas de su espacio radial, aparece indignado, con un tono como si nunca hubiera ocupado el lugar que ocupó.
De la normalización del hambre a la denuncia social
“Estamos viendo una clase media que se va pulverizando lentamente”, dice en el clip, con énfasis en cada sílaba. Habla de las changas que crecen no como oportunidad sino como síntoma de empobrecimiento, de médicos y empleados administrativos que no llegan a fin de mes, de sueldos de la gastronomía que se complementan con propinas que (aclara, con indignación impostada) “no son el sueldo”. “¿Cómo vivís de una changa?”, pregunta. Y agrega en tercera persona: “No tienen vergüenza. Realmente no tienen vergüenza.”
La pregunta que el video no responde, pero que flota sobre cada palabra, es quién habilitó ese escenario y quién lo defendió públicamente durante más de un año desde adentro.
“La palabra que sintetiza todo esto es corrupción”
Serenellini fue más lejos. Habla sin mencionar al presidente Javier Milei, de “cara dura” por quienes reciben premios en el exterior mientras la gente no llega a fin de mes. Menciona, como quien sangra por la herida, informes de corrupción que aparecen “por casualidad” (y subraya el sarcasmo).
“Muchos se tienen que mirar al espejo”, dice (¿o “se dice a sí mismo”?) , y apela a sus hijos como testigos morales de lo que cada uno hizo o dejó de hacer. Cierra con una sentencia: “La palabra que sintetiza todo esto que estoy contando es corrupción.”
Es posible que tenga razón. La pregunta es si el espejo al que invita a mirarse incluye el suyo propio: el del conductor que normalizó el hambre, aceptó el cargo, cobró el sueldo del Estado al que decía detestar, acumuló las internas y los viajes, y salió por la puerta de atrás cuando el gobierno ya no lo necesitaba.
El discurso de la anti-política tiene esa particularidad. Sus practicantes más fervorosos suelen ser, también, sus mayores beneficiarios.

