En la ciudad de La Plata se registra una situación de creciente tensión vinculada a la preservación del espacio público y la memoria colectiva. De acuerdo con las denuncias difundidas públicamente, la administración municipal ha procedido a tapar un número significativo de murales conmemorativos que formaban parte del paisaje urbano y cultural de distintos barrios. Estas intervenciones artísticas no solo cumplían una función estética, sino que representaban mojones fundamentales de reconocimiento para diversos colectivos sociales, derechos humanos e identidades históricamente relegadas de la ciudad.
Uno de los casos más paradigmáticos y repudiados ocurrió en la tradicional plaza Matheu —actualmente conocida popularmente como plaza Moma—, situada en el tejido urbano platense. En ese espacio público, las autoridades municipales intentaron borrar y ocultar el mural dedicado a “La Moma”, una figura icónica y recordada por su activismo y su trágica historia de violencia. La acción oficial generó de inmediato un fuerte rechazo entre vecinos, organizaciones sociales y colectivos de la diversidad sexual, quienes interpretaron la medida como un intento institucional de desmemoria y de borramiento de las luchas sociales en el espacio comunitario.
La respuesta colectiva: resistencia y restauración artística
Frente al intento oficial de invisibilizar las expresiones culturales del territorio, la respuesta comunitaria no tardó en manifestarse a través de la acción directa y organizada. Lejos de resignarse ante la decisión gubernamental de blanquear o tapar las paredes, el colectivo travesti local tomó la iniciativa de recuperar el espacio y restaurar las obras que habían sido vandalizadas u ocultadas. Con pintura, pinceles y una profunda convicción política, las compañeras volvieron a plasmar los rasgos, los colores y los rostros que el municipio había intentado suprimir de la geografía platense.
“Lo volvieron a pintar, amor. ¿Podrán?”, expresaron con orgullo e ironía las referentes del colectivo al mostrar cómo el mural de “La Moma” lució nuevamente renovado sobre las paredes de ladrillo de la plaza. A su alrededor, la intervención se completó con la pegatina sistemática de carteles y fotografías que recuerdan a otras víctimas de crímenes de odio y travesticidios, transformando el muro en un altar callejero de resistencia, justicia y afecto político que interpela de manera constante a los transeúntes que circulan por el lugar.
El ejercicio de la memoria colectiva como bastión del futuro
Más allá del hecho material de pintar una pared, el episodio expone una discusión de fondo acerca de qué relatos son permitidos en los espacios públicos de La Plata. Para las organizaciones involucradas, la recuperación de estos sitios trasciende el mero acto vandálico o decorativo, constituyéndose en una práctica ritual indispensable de supervivencia política. En este sentido, se sostiene con fuerza que el ejercicio de la memoria colectiva actúa como un puente fundamental para permitir que aquellos que ya no están físicamente sigan relatando sus historias y formando parte del presente cotidiano.
La consigna que vertebra la resistencia se resume en una premisa inquebrantable frente al avance de las políticas de olvido institucional: no olvidar es la única vía posible para mantener un horizonte claro hacia el porvenir. Mantener vigentes las marcas territoriales de la historia travesti y de los derechos humanos en las plazas platenses garantiza que las nuevas generaciones reconozcan las luchas precedentes. Así, cada mural restaurado se erige como una victoria contra la censura y como una demostración de que la memoria popular en La Plata se defiende de manera activa, comunitaria y en las calles.


