Cada 13 de septiembre el mundo se rinde ante el chocolate. Se celebra el nacimiento de Roald Dahl, autor de Charlie y la fábrica de chocolate, y también el de Milton Hershey, el empresario que le dio nombre a una de las marcas más famosas del rubro. La costumbre nació en Francia en 1995 y se expandió por buena parte del planeta (aunque también existe otra fecha, el 7 de julio, en homenaje a la llegada del cacao a Europa en 1550). En Argentina, el 13 de septiembre es la que se impuso.
Bariloche tiene sus fábricas centenarias. Mar del Plata, una chocolatería con más de medio siglo heredera de la inmigración italiana. Tandil y Villa Gesell, su propia postal dulce. La Plata, en cambio, no tiene nada de eso. Y sin embargo, es, casi sin proponérselo, una de las ciudades argentinas donde más se pronunció últimamente la palabra “chocolate” por año. Solo que no es por los bombones.
Ni fábrica ni apellido: por qué La Plata no tiene tradición
La ciudad fue fundada en 1882 como capital administrativa planificada, sin una destacada oleada de inmigración suiza, alemana o belga que en otros puntos de la provincia dio origen a las primeras casas chocolateras familiares.
Acá la identidad gastronómica se construyó alrededor de otras costumbres: el boliche universitario, la factura de barrio, la cerveza artesanal más reciente y una población estudiantil que rota cada cuatro o cinco años, poco terreno fértil para un negocio familiar que necesita generaciones para volverse leyenda.
A eso se suma que la provincia canalizó su “ruta del chocolate” hacia los destinos turísticos de sierra y costa, donde el producto funciona como souvenir. La Plata, ciudad de paso académico y administrativo antes que meca turística, nunca tuvo ese incentivo comercial.
No es que falte oferta: hay propuestas artesanales de calidad, como el taller de Silvia Díaz en 7 y 68 (que trabaja con chocolate belga y es, de hecho, lo más parecido a una “fábrica de chocolate” visible que tiene la ciudad), Chocolates del Bosque en calle 12, o Xocoa en el barrio Mondongo. Ninguna, eso sí, puede acreditar el estatus de tradicional, histórica o emblemática: son buenas casas jóvenes, no instituciones centenarias.


El apodo que le cambió el significado a la palabra
Mientras la ciudad seguía sin su Willy Wonka local, el chocolate platense encontró protagonismo por otro lado.

El 9 de septiembre de 2023, la policía detuvo en un cajero automático de avenida 7 y 54 a un electricista de la Cámara de Diputados bonaerense, y puntero del barrio San Carlos que cargaba una bolsa con 48 tarjetas de débito ajenas. Su nombre: Julio Segundo Rigau. Su apodo, con el que ya lo conocía todo el barrio antes del escándalo: “Chocolate”.
Las tarjetas pertenecían a supuestos empleados de la Cámara que, según la investigación, nunca pisaban la Legislatura: los famosos “ñoquis”.

Rigau retiraba el dinero, día tras día, hasta agotar el límite diario de extracción de cada plástico. La causa lo salpicó al exconcejal Facundo Albini y a su padre Claudio, señalados como los jefes de la maniobra, y en 2025 la Cámara de Apelaciones de La Plata confirmó que ambos deberán responder por asociación ilícita.
Por qué le decían “Chocolate” a Rigau desde antes del escándalo es algo que ninguna fuente periodística consultada logró precisar con solidez, así que mejor no aventurar hipótesis sobre una persona real sin poder sustentarlas.
Un dato de diccionario que parece un guiño del destino
Lo que sí puede afirmarse con rigor (y acá aparece el verdadero hallazgo de investigación para esta nota) es que, quizás y solo quizás, la palabra “chocolate” no llegó al mundo de la corrupción bonaerense por casualidad semántica.
El Diccionario histórico de la lengua española, de la RAE, registra que en el español colonial cubano del siglo XIX “chocolate” ya se usaba como sinónimo de “negocio ilícito” o malversación de fondos públicos: “el chocolate era lo trucho“, es decir, el negocio sucio. Doscientos años antes de que existiera la Legislatura bonaerense, la lengua española ya tenía la palabra justa para lo que iba a pasar en un cajero de avenida 7.

El sabor que le quedó a la ciudad
Así llega La Plata a este 13 de septiembre: sin fábrica centenaria que perfume de cacao las diagonales, pero con el raro mérito de haber demostrado, en los hechos, que el chocolate y el negocio turbio comparten etimología.
Mientras el resto del país compra bombones y tabletas, buena parte de los platenses todavía asocia la palabra “chocolate” a un cajero automático, a 48 tarjetas y a un juicio oral que sigue su curso.
No hace falta una fábrica con la escala de la de Willy Wonka para que una ciudad tenga su propia historia de chocolate. La Plata tiene la suya. Lo que pasa es que, en este caso, el ticket no era de una golosina.

