La historia de Vacalín no se entiende sin el mapa de la Provincia de Buenos Aires. Específicamente, hay que situarse en Bartolomé Bavio, partido de Magdalena, donde en 1972 el abuelo Ernesto refundó un sueño.
“En el 72 consiguió donde estamos actualmente hoy; era una fábrica de dulce, eran 100 metros cuadrados y tenía dos pailas ahí abandonadas”. Lo que comenzó como un emprendimiento de supervivencia es hoy, según sus dueños, “la fábrica más grande de dulce de leche en el mundo”.
En una entrevista exclusiva con el excelente streaming La Fábrica del Podcast, Juan Manuel y Martín Rodríguez, actuales “capitanes del barco” lácteo, desmenuzaron una trayectoria de superación que parece de película.
Resiliencia ante la adversidad
El camino al éxito nada tuvo de lineal. La familia atravesó momentos donde el “estar fundido” era el mantra cotidiano para mantener los pies en la tierra.
“Papá siempre decía: ‘Estoy fundido, no tengo un mango, hay que laburar'”, recuerdan los hermanos sobre la ética de trabajo que mamaron desde chicos. Sin embargo, los desafíos reales pusieron a prueba la estructura familiar en 2013, cuando un fraude interno los dejó “endeudados con Dios y María Santísima”. Juan Manuel recuerda: “Tuvimos que inflarle el pecho a papá en ese momento… el barco se hundía y empezamos a sacar el agua”.
Apenas salían de esa crisis financiera, el destino les puso otra prueba de fuego: el 4 de marzo de 2015 se incendió la planta de quesos. “Era terrible, 14 dotaciones de bomberos, ver montañas de queso quemado… me largué a llorar como un bebé”.
Pero lejos de rendirse, transformaron el desastre en oportunidad: volcaron toda la leche a la producción de dulce de leche y aceleraron la construcción de una nueva planta. Como bien señalan, “las crisis son momentos de oportunidades también”.
El corazón de los alfajores
Hoy, Vacalín es el motor invisible de una pasión nacional. En Argentina se consumen 14 millones de alfajores por día, y “12 millones llevan nuestro dulce de leche”, cuentan orgullosos.
Su presencia en el mercado es tan dominante que marcas icónicas como Jorgito, Fantoche, Guaymallén, Havanna y Cachafaz confían en sus fórmulas. “Cada cliente tiene su receta diferente; el dulce de leche de Havanna con el de Guaymallén es distinto”.
La relación con estos clientes es personal y, a veces, explosiva. Martín relata con humor las negociaciones con Hugo Basilotta, el histriónico dueño de Guaymallén: “Cuando le llega un aumento, se pelea con quien se tenga que pelear… me ponían al doberman en el escritorio para pedir un precio”.
Esta cercanía, que definen como “dueño contra dueño”, es lo que blinda a la empresa frente a las multinacionales. A pesar de producir 4 millones de kilos por mes, mantienen el espíritu de aquella pyme que creció en el partido de Magdalena.
Un presente de Selección
El éxito actual de la compañía se traduce en una expansión que cruza fronteras, llegando a lugares tan remotos como Japón, Dubai, Siria y Corea. Pero quizás el hito más emotivo es haberse convertido en sponsor oficial de la AFA.
“La Selección lleva nuestros productos como cábala desde el 2014; los jugadores dijeron ‘ni loco’ cuando la competencia quiso entrar”. A través de una relación cercana con la familia del ‘Dibu’ Martínez, lograron consolidar este vínculo que hoy los posiciona en la cima del orgullo nacional.
A pesar de los robots y la tecnología de punta en la que invirtieron más de 100 millones de dólares, los Rodríguez no olvidan sus raíces en Bavio ni a sus “300 colaboradores”. “El mayor activo no es la receta, es el método y la cultura de trabajo”.
Con el apellido como bandera, Juan Manuel y Martín resumen su filosofía de vida: “Nos puede ir muy mal algún día y perder todo, pero en cualquier lado tenemos un nombre y cualquiera nos abriría las puertas”.

