Elon Musk dijo en voz alta lo que hasta hace poco era, para amplios sectores del liberalismo, poco menos que una herejía: frente al avance de la inteligencia artificial, el Estado debería garantizar un ingreso alto y universal financiado con emisión monetaria.
Sí, emisión.
Sí, transferencias directas.
Sí, sin necesidad de respaldo fiscal clásico.
La reacción no tardó en llegar. El analista argentino Carlos Maslatón lo interpretó como un giro histórico: una suerte de refundación económica donde el mercado deja de ser el mecanismo central de distribución de ingresos y el Estado pasa a ocupar ese rol.
Pero más interesante que la exageración es la paradoja: ¿cómo se explica que figuras asociadas al liberalismo (y celebradas por la derecha global) promuevan medidas que durante décadas fueron catalogadas como “comunistas”?
Del “plan social” al cheque universal
Durante años, el discurso dominante en buena parte de la derecha (incluido el propio Javier Milei) construyó una identidad política en oposición a la intervención estatal directa sobre los ingresos.
Los subsidios eran “distorsivos”.
La emisión, “un robo inflacionario”.
La redistribución, una forma de castigar el mérito.
Sin embargo, la propuesta de Elon Musk contiene, en esencia, tres elementos que históricamente fueron criticados desde ese mismo espacio:
Transferencias estatales masivas
Desvinculación entre ingreso y trabajo
Justificación de la emisión monetaria
Lo que cambia no es tanto la herramienta, sino el diagnóstico: si la inteligencia artificial elimina el trabajo como eje organizador de la economía, entonces el mercado ya no puede garantizar ingresos. Y ahí aparece el Estado como garante de consumo.
Es, en otras palabras, el reconocimiento implícito de un límite del propio sistema.

¿Herejía o adaptación?
¿Es esto comunismo? No exactamente. Pero tampoco es el liberalismo clásico.
El ingreso universal tiene antecedentes en economistas liberales como Milton Friedman, aunque en versiones mucho más acotadas. Lo que propone Musk es otra cosa: una escala mucho mayor y una confianza inusual en que la productividad tecnológica neutralizará cualquier presión inflacionaria.
Ahí está el verdadero quiebre.
Porque si el dinero puede emitirse sin consecuencias y el ingreso puede distribuirse sin relación con el trabajo, entonces varios pilares del pensamiento económico moderno (desde el últimamente venerado por el presidente, Adam Smith, hasta su “gurú”, Friedrich Hayek) quedan, como mínimo, tensionados.
Y con ellos, también el discurso político que durante años denunció esas ideas como peligrosas.

La ironía del futuro
La escena es, cuanto menos, irónica.
Mientras sectores de la derecha siguen denunciando el “populismo” y el “asistencialismo”, uno de sus íconos globales (el multimillonario de origen sudafricano) plantea que la única forma de sostener el sistema es, precisamente, garantizar ingresos desde el Estado.
No por justicia social (pecata mundis, Milei dixit).
No por igualdad.
Sino por pura supervivencia del modelo.
Tal vez no sea un giro ideológico en el sentido clásico. Pero sí una admisión incómoda: cuando el capitalismo funciona “demasiado bien” (cuando produce sin necesidad de trabajadores) necesita parecerse, aunque sea un poco, a aquello que siempre dijo combatir.
Y ahí es donde la frontera entre liberalismo y “comunismo”, tantas veces invocada como un abismo moral, empieza a volverse sorprendentemente difusa, cercana y confluyente.

