En el inconsciente colectivo de cualquier habitante bonaerense existe una regla no escrita que parece inquebrantable: una cuadra equivale exactamente a 100 metros. Sin embargo, para quien camina a diario por la capital de la provincia de Buenos Aires, esa cuenta matemática rápida suele fallar estrepitosamente.
Un video difundido en redes sociales por la fantástica y original cuenta “Datita La Plata“, reavivó una de las curiosidades urbanísticas más deslumbrantes y desconocidas de La Plata: el tamaño de sus manzanas no es uniforme, sino que se achica de manera progresiva a medida que uno se aproxima al corazón institucional de la ciudad.
El fenómeno, que acumuló miles de reproducciones y comentarios de vecinos sorprendidos, puso nuevamente sobre la mesa la genialidad técnica de los profesionales del Departamento de Ingenieros de la Provincia, liderados por Pedro Benoit bajo la gobernación de Dardo Rocha.
Aquella traza fundada en 1882 no obedeció únicamente a una búsqueda de simetría estética o un capricho geométrico, más bien se trató de un cálculo matemático profundamente avanzado para su época que buscaba resolver el tráfico del futuro.
Un engaño a la vista del caminante
Para entender por qué contar cuadras en La Plata no siempre revela la distancia real caminada, es preciso examinar la micromorfología del casco urbano. En el trazado prototípico ideado por el equipo de proyectistas, las manzanas comunes de la cuadrícula fueron diseñadas originalmente como cuadrados perfectos de 120 metros por lado. Sin embargo, al observar con detenimiento la grilla hacia los laterales del eje central principal, la geometría uniforme se altera deliberadamente.
A los costados de las avenidas 51 y 53, la longitud de uno de los lados de la manzana comienza a reducirse a razón de 10 metros por cuadra. Así, lo que inicia en los bordes como un bloque tradicional de 120 metros de fondo, pasa a medir 110, 100, 90, 80, 70 y finalmente apenas 60 metros al llegar a la franja central.
Esta variación transforma la clásica manzana cuadrada en un rectángulo con una proporción de dos a uno, acortando sensiblemente el trayecto peatonal entre calle y calle.
La visión de Benoit y la aglomeración central
¿Por qué los planificadores del siglo XIX decidieron romper la rigurosa monotonía del damero colonial? La respuesta se encuentra expresada directamente en las memorias descriptivas redactadas por Pedro Benoit.
Cuando se diseñó la nueva capital bonaerense en mayo de 1882, las autoridades previeron que el sector comprendido entre los dos grandes bulevares del centro (ramblas para nosotros), albergaría la mayor concentración de población, comercios y edificios de gobierno.
Al acortar el tamaño de las manzanas en esa área de máxima densidad, los ingenieros lograron sumar una mayor cantidad de calles transversales en la misma superficie.
Este incremento en la densidad de la trama circulatoria tenía un objetivo eminentemente funcional: multiplicar las vías de paso, facilitar la fluidez de peatones y carruajes, y evitar los atascamientos en la zona donde se preveía el mayor movimiento urbano. Benoit aplicó intuitivamente lo que la ciencia del tránsito comprobaría científicamente décadas más tarde: la necesidad indispensable de guardar una relación directa entre la densidad de edificación y la apertura de las vías de circulación.
La ciencia detrás de los 18 metros de ancho
Esta flexibilidad en la dimensión de las manzanas se complementó con una generosa jerarquización de la red vial, inspirada en los preceptos de la higiene pública y el sanitarismo decimonónico.
Las calles comunes del trazado platense fueron fijadas con un ancho uniforme de 18 metros de muro a muro, garantizando veredas de 2,5 metros y una calzada libre de 13 metros para el rodado. Esta medida duplicaba con creces el angosto espacio de 6,5 metros disponible en las calles céntricas de, por ejemplo, la Ciudad de Buenos Aires.
Asimismo, cada seis manzanas el plano estableció avenidas de 30 metros de ancho, ornamentadas con boulevares centrales arboladas (¿hace falta otra vez la aclaración?) que funcionaban como pulmones verdes y ordenadores del tránsito.
Todo el perímetro urbano quedó delimitado por una monumental avenida de circunvalación de 100 metros de ancho, pensada para absorber los flujos perimetrales y permitir empalmes ferroviarios y viales con el resto de la región bonaerense.
De las redes al mito fundacional de 1882
El redescubrimiento viral de esta particularidad urbanística demuestra que el plano de La Plata continúa deslumbrando a más de 140 años de su concepción.
Es una hazaña concebida como una verdadera “ciudad nueva” en plena pampa bonaerense, La Plata logró estar proyectada en menos de dos años para 100.000 habitantes y construir en tan solo ocho años una infraestructura capaz de albergar a 60.000 vecinos asentados ordenadamente.
Ese rigor técnico y vanguardista llevó a que la maqueta y los planos de la ciudad obtuvieran la medalla de oro en la Exposición Universal de París de 1889, generando el asombro de personalidades de la talla del autor francés Julio Verne y el cubano José Martí.
Hoy, mientras los usuarios de las redes sociales comparten sorprendidos el truco de las manzanas que se acortan, la historia confirma que la capital provincial esconde en sus calles la huella de un modelo urbano que supo anticipar el futuro.


