Hablar de dinero se ha convertido en uno de los mayores tabúes de la sociedad contemporánea, al punto de superar en silencio e incomodidad a temas históricamente delicados como la sexualidad. En el estudio de Palabras más, palabras menos, por La Cielo 103.5, la columna de Antonella Jaime – Antonegra- abordó las razones culturales, psicológicas y económicas por las cuales la sociedad evita hablar del estado de sus finanzas, mientras el poder adquisitivo se erosiona a nivel global y las deudas pasan a sustituir a los ingresos. “Hay mucho miedo” y “cuesta hablar de las ausencias, no puedo hablar de lo que no tengo”, empezó Antonella para explicar por qué resulta tan complejo transparentar la realidad económica cotidiana. A menudo la plata funciona como una vara con la que miden nuestra identidad y autoestima, provocando que solo un 28 por ciento de las personas hable abiertamente de sus dificultades financieras incluso con sus amigos más cercanos.
Exponer la ausencia y la estrategia del secreto salarial
Esta reserva no responde únicamente a un pudor individual o familiar, sino también a una calculada estrategia en el ámbito corporativo. Según datos de la plataforma de empleo SETI citados durante la emisión, “solo uno de cada cinco trabajadores se siente cómodo” compartiendo su remuneración con un compañero, a pesar de que el “41 por ciento se muere de ganas de saber cuánto ganan sus compañeros”, cuenta la locutora. Esta dinámica es incentivada deliberadamente por las empresas a través de la asimetría de la información.
“A las empresas en general no solo no les gusta, sino que alientan que no se conozca el salario de un trabajador”, se explicó en la mesa, remarcando que el secreto salarial es una herramienta clave porque “reduce la capacidad de negociación” de los empleados frente a las patronales.
La invisibilidad del dinero y el dolor de gastar
A la reserva cultural y la estrategia corporativa se le suma la transformación digital de la moneda. La desaparición del dinero físico como un objeto tangible —aquel que “tenía olor, tenía una textura” cuando se cobraba en efectivo o cuando los abuelos daban un billete— debilitó la noción real del gasto y del saldo restante.
“La plata encima de todo se volvió invisible”, por lo que “no solamente no sé cuánto tiene el otro, sino que no sé cuánto tengo yo y no sé bien cuánto gasto”, explica Antonella. Esta desmaterialización altera además los mecanismos cerebrales. Desde la neurociencia se ha comprobado que “hacer un gasto activa la misma zona cerebral que el dolor físico cuando vos dejás un billete”, pero herramientas como las tarjetas o las transferencias digitales anestesian esa reacción, provocando que estemos “dispuestos a pagar más por el mismo producto si lo pagamos con tarjeta”.
Caída histórica del salario y la trampa del crédito permanente
Detrás de esta incomodidad cotidiana subyace una pérdida estructural del poder de compra. Como se detalló en vivo, tras la Segunda Guerra Mundial y la consolidación del Estado de bienestar, la productividad y los sueldos crecieron a la par durante tres décadas. Sin embargo, la automatización y la deslocalización industrial iniciadas en la década de 1970 rompieron ese esquema. Hoy en día, explica Antonegra, “el salario mínimo de los seres humanos tiene 60 por ciento menos de poder de compra del que tenía en 1964”, y tan solo en los últimos diez años “se perdió un cuarto del valor real del salario”. Ante la imposibilidad de cubrir el costo de vida con ingresos genuinos, la sociedad recurrió masivamente al crédito.
“Vivimos financiando con el futuro nuestro presente”, se advertía en la columnista, destacando que mientras las generaciones anteriores trabajaban para asegurar un patrimonio o comprar una casa, hoy se pagan “las zapatillas” o el “supermercado con crédito”. En Argentina, la problemática alcanza cifras alarmantes, casi 20 millones de personas poseen algún crédito activo y 5 millones se encuentran en mora.
De la propiedad a la ‘economía del acceso’
Esta imposibilidad de acceder a la propiedad impulsó la llamada “teoría de la economía del acceso”, donde el mercado tradicional de compraventa fue reemplazado por membresías y alquileres de experiencias. “Como comprar y tener algo es cada vez más difícil, en vez de pagar por tener algo, pagamos por usar algo”, explicó Antonella, citando ejemplos que van desde las plataformas de música hasta las películas en streaming.
Advertidos por economistas de que “las relaciones humanas van a terminar convertidas en experiencias pagas”, la conductora llamó a desarmar la culpa individual. “No es un fracaso personal, no es tu culpa como individuo ni como argentino”, concluyó, enfatizando la urgencia de romper el tabú para hablar abiertamente de dinero entre pares: “Si empezamos a hablar de plata entre nosotros y entender cuánto le cuesta al otro vivir, nos empecemos a dar cuenta que capaz no es culpa nuestra y dejemos de enojarnos tanto con uno mismo”.


