Hay una nueva Guerra Fría y, contra todo pronóstico, no se libra en Ucrania, ni en el Indo-Pacífico, ni en ningún think tank de Washington: se libra en la canillera de Cuti Romero. Así lo reveló, con el rigor periodístico que lo caracteriza, Christian Martin, ex camarógrafo devenido en analista geopolítico de urgencia, durante su paso por el programa de Eduardo Feinmann en A24.
La denuncia, con la solemnidad de quien destapa un caso de espionaje internacional, se apoya en la fuente más sólida que existe en el oficio: “me dicen”.
Nada de documentos, nada de nombres, nada de organismos verificables. Una “muy buena fuente en el gobierno español” (anónima, por supuesto, como todas las fuentes que sostienen el peso de un país entero sobre sus hombros) le habría confirmado que Rusia financia, desde una oficina en La Paz, un ejército de “periodistas pagos, influencers pagos y medios berretas” para desprestigiar a la Argentina durante el Mundial 2026.
La Virgen de Luján, objetivo militar
El nivel de detalle geopolítico alcanzado por Martin merece un párrafo aparte. Según su análisis, lo que verdaderamente enfurece al “movimiento woke” mundial no es la política económica argentina, ni su alineamiento internacional, sino que Lisandro Martínez se persigne antes de un partido.
La familia, los principios cristianos y el agua bendita de los futbolistas serían, en esta lectura, el verdadero campo de batalla de una guerra híbrida ruso-boliviana. Uno casi espera que en la próxima edición el enemigo resulte ser el choripán.
Lo notable no es que exista una teoría sin sustento (eso, lamentablemente, ya es moneda corriente en ciertos entornos mediático), sino la delicadeza con la que se construye: un país señalado (Bolivia), un enemigo de manual (Rusia), un aliado imaginario (España, representada por una fuente que nadie puede nombrar) y una consigna ideológica que agrupa, en la misma bolsa, a Rusia, Venezuela, Cuba, Irán y “la izquierda” en general, (seguramente alineados al comando venezolano-iraní con adiestramiento en Cuba que, según Clarín, mató a Nisman). Todo atado con la costura más débil del periodismo: la afirmación propia repetida dos veces, cada vez con más convicción.
El género “me lo dijo un espía”
Convengamos que el recurso no es nuevo. Cuando un relato necesita legitimarse sin pruebas, siempre aparece la misma estructura narrativa: una fuente que no puede revelarse, un organismo de inteligencia que jamás confirma ni desmiente, y un locutor que repite la palabra “totalmente” como quien aplaude su propio editorial. Es un género en sí mismo, con reglas fijas: cuanto menos verificable el dato, más rotunda la afirmación.
Lo llamativo es que, mientras se enuncia una supuesta campaña de desinformación orquestada por “medios berretas” y “cuentas de Twitter berretas”, el propio relato se construye exactamente con esas herramientas: cero fuentes documentadas, cero organismos citables, y una épica nacional que necesita un enemigo externo para sostenerse.
Mientras tanto, aquí se sigue discutiendo el planillero, el travieso VAR y si algún equipo de segunda o tercera división llegará a ganar la Copa Argentina. La compañía rusa-boliviana, se ve, todavía no encontró tiempo para temas de cabotaje.

