Lo que durante semanas pareció una discusión propia de las redes sociales terminó dando un salto inesperado. La imagen de Argentina como un supuesto “país racista”, instalada con fuerza durante el Mundial 2026, llegó hasta el Congreso de los Estados Unidos y volvió a poner en el centro de la escena una narrativa que, para muchos argentinos, poco tiene que ver con la realidad cotidiana del país.
La encargada de llevar esa idea al ámbito político fue la congresista demócrata Jasmine Crockett, quien durante una intervención vinculó el respaldo internacional a España en la final del Mundial con una presunta historia de racismo en Argentina.
“La Copa del Mundo cautivó al mundo entero. Cuando vieron a todas esas personas de color. Eso estaba planteado para todos los equipos. Y finalmente los últimos equipos fueron Argentina y España. Parecía que la mayor parte del mundo apoyaba a España o estaba completamente en contra de Argentina, y hay una historia racista detrás de ello”, sostuvo la legisladora estadounidense.
Palabras que no aparecieron de la nada
Durante prácticamente todo el Mundial comenzó a multiplicarse en redes sociales una narrativa que presentaba a Argentina como uno de los países más racistas del planeta. Lo que inicialmente fueron publicaciones aisladas terminó siendo amplificado por actores, músicos, streamers, empresas e influencers con millones de seguidores alrededor del mundo.
Uno de los casos más resonantes fue el del actor Samuel L. Jackson, quien aseguró que Argentina era “el país más racista del mundo” y llamó públicamente a no apoyarla durante el torneo. El español Javier Bardem, por su parte, sostuvo que debía respaldarse a España porque Argentina “apoya el genocidio en Gaza” debido a la posición internacional del gobierno de Javier Milei y llegó a afirmar que el seleccionado español representaba una forma de “ganar limpio”.
También aparecieron publicaciones de figuras como Mia Khalifa, Pedro Pascal, Tyrese Gibson, el cantante Niall Horan, streamers como Speed, El Xokas e Ibai Llanos, además de campañas publicitarias y publicaciones de empresas como Duolingo, que fueron interpretadas por miles de usuarios argentinos como parte de un clima cada vez más hostil hacia el país durante el Mundial.
Cada episodio, por separado, podía parecer una simple polémica de redes sociales. Juntos comenzaron a construir un relato mucho más amplio.
El silencio del Gobierno
Mientras esa narrativa gana cada vez más espacio fuera de la Argentina, el Gobierno nacional por el momento optó por no responder. Ni el presidente Javier Milei ni la Cancillería realizaron declaraciones públicas para contestar las acusaciones que comenzaron a instalarse durante el torneo.
El silencio llamó aún más la atención porque días antes algunos integrantes del propio oficialismo habían relativizado la importancia de la bandera por Malvinas exhibida por los jugadores tras la victoria frente a Inglaterra, priorizando evitar conflictos diplomáticos en torno al mensaje sobre las Islas.
Desde entonces, la sucesión de críticas internacionales continuó creciendo sin que existiera una respuesta institucional.
Una imagen que trasciende al fútbol
Reducir toda la discusión a un partido de fútbol probablemente sea un error. Argentina, como cualquier sociedad, enfrenta problemas de discriminación, xenofobia y racismo que existen y forman parte de debates permanentes. Sin embargo, muchos consideran que definir al país como “el más racista del mundo” implica una simplificación difícil de sostener.
La Argentina construyó buena parte de su identidad sobre sucesivas corrientes migratorias. Durante décadas recibió millones de europeos, pero también comunidades provenientes de países limítrofes, Asia y Medio Oriente. Hoy, además, mantiene un sistema universitario y de salud pública al que acceden miles de extranjeros cada año.
El argentino suele ser percibido, y muchas veces se percibe a sí mismo, como soberbio, exageradamente futbolero, orgulloso de su identidad y extremadamente confrontativo cuando defiende sus colores. Esa personalidad puede generar rechazo fuera de sus fronteras.
Pero para muchos también resulta difícil aceptar que esa característica termine siendo utilizada para construir la imagen de un país esencialmente racista.
La paradoja, además, no deja de llamar la atención para numerosos argentinos: varias de las críticas más duras llegaron desde países que durante siglos sostuvieron imperios coloniales o cuyas historias también incluyen episodios de segregación racial profundamente documentados.
Lo que comenzó como una discusión en redes sociales ya trascendió ese ámbito. Cuando actores de Hollywood, músicos, influencers con cientos de millones de seguidores, empresas internacionales y, finalmente, una congresista de los Estados Unidos repiten una misma idea, el debate deja de ser exclusivamente futbolístico.
Pasa a convertirse en una disputa por la imagen internacional de un país. Y mientras esa narrativa continúa expandiéndose, la respuesta oficial argentina sigue siendo, al menos hasta ahora, el silencio.

