En los estudios de “Todo no se puede” LA CIELO FM 103.5 , tres amigos de toda la vida se sientan frente a los micrófonos rodeados de latas de colores. Son Luca, Santiago y Diego, los rostros detrás de Astor Birra, la marca que acaba de sacudir el tablero cervecero al coronarse campeona en la Copa Argentina de Cervezas y en la prestigiosa South Beer Cup. Lo que hoy es un proyecto consolidado de 14 años, comenzó con la ingenuidad de tres chicos que solo querían ver si eran capaces de crear algo bebible.
La amistad que los unió los convirtió en emprendedores
“Nos conocemos desde el jardín, íbamos a la Anexa y después al Colegio Nacional”, cuenta Diego, rememorando un vínculo que precede por décadas al lúpulo y la malta. El mito fundacional de Astor se sitúa en un campo, lejos de los laboratorios de alta tecnología que manejan hoy. “Cocinamos en el campo de un amigo, compramos un kit y era una laderita de camping, una olla prestada de un amigo y un bidón de plástico de los de agua”, recuerda Luca sobre aquella primera incursión que resultó en apenas 15 litros de una English Pale Ale.
La sorpresa fue total cuando, tras una semana de espera, abrieron la primera botella, “cuando lo abrimos tenía gas, era como: ‘Che, increíble, generamos un producto que es cerveza’. Huele a cerveza”. En aquel entonces, el proceso era puramente lúdico. “No fuimos un proyecto que dijo: ‘Queremos hacer cerveza y vivir de esto’. Hacíamos 50 litros para nosotros tres y nuestros amigos”, explica Santiago. Incluso recuerdan haber ido a festivales a recolectar botellas vacías para poder envasar su producción: “Me acuerdo de juntar botellas y la gente miraba: ‘¿Qué hace este chavón juntando botellas?’. Después en casa lavando mil botellas para empezar a usar”.
Con el tiempo, la pasión se profesionalizó. Santiago, economista de profesión, descubrió una vocación que no había sentido en la facultad. “Me encontré con una facilidad para estudiar que no la había tenido en la carrera, mi mamá me vio estudiando de una forma que no había estudiado en toda la carrera porque estaba leyendo sobre cerveza”, confiesa. Esa dedicación transformó la fábrica en algo que dista mucho de la imagen rústica del cervecero revolviendo una olla, “hoy trabajamos con niveles de oxígeno muy bajos, tenemos un laboratorio dentro de la fábrica. Es más parecido a un laboratorio de biotecnología que lo que la gente piensa”.
El nombre de la marca, Astor, nació casi por accidente en una clase de Finanzas Internacionales, mezclando un apodo de Santiago (“el Pastor”) con la música que acompañaba sus primeras cocciones: un disco de Astor Piazzolla en vivo en el Central Park. El paralelismo con el maestro del tango no es casual. Luca señala que, al igual que a Piazzolla en sus inicios, a ellos también les costó entrar en el círculo cerrado de la vieja guardia: “Habíamos tenido unos problemitas con la comunidad antigua cervecera que no nos quería mucho porque éramos más pibes y nos hicieron sentir el peso del rigor”.
Sin embargo, la calidad terminó por imponerse. En la reciente South Beer Cup, una competencia históricamente dominada por Brasil, los platenses dieron el golpe. “De siete cervezas que mandamos sacamos cinco medallas: dos oros, una plata y dos bronces”, detallan con orgullo sobre un certamen donde Argentina solo ha ganado dos veces en quince años.
A pesar de los trofeos y de que sus cervezas hoy llegan desde Ushuaia hasta Jujuy, los socios de Astor mantienen los pies en su barrio, Tolosa. Allí, en la calle 521 entre 2 y 3, montaron su propio bar al lado de la fábrica, un espacio de cocina rotativa y jazz donde validan día a día lo que los jueces premian en las copas. Para ellos, el secreto del crecimiento sigue siendo la autocrítica feroz, “somos los más críticos de nuestro producto, eso es lo más importante para el crecimiento”. La recompensa, aseguran, no es solo el metal de las medallas, sino el respeto de sus pares, “cuando te respeta un colega es algo muy lindo”.

