El insólito error ocurre en la previa de un partido clave. Estudiantes de La Plata se prepara para viajar a Brasil a enfrentar a Flamengo. Al armar la nota informativa sobre los planes del director técnico, la bajada del artículo en un histórico medio platense, salió publicada con una frase desopilante: “Medina prepara variantes en el equipo para visitar Brasil, con modificaciones en el número telefónico y una reestructuración en el sector defensivo”.
Un disparate total. A nadie que haya pisado una cancha o trabajado en una redacción se le ocurriría jamás llamar “número de teléfono” a una formación táctica como un 4-4-2 o un 4-3-3. Es un delirio puro y exclusivo de un algoritmo que cruzó cables de forma absurda y de un redactor que ni siquiera se tomó el trabajo de mirar la pantalla antes de publicar.

Más allá de lo cómico, el episodio deja expuesta una alarmante falta de profesionalismo, como es meter texto generado por Inteligencia Artificial directo al sistema de publicación sin que un par de ojos humanos lo revise antes. Quien trabaja así no está aprovechando la tecnología, simplemente está cavando la fosa de la profesión.
Falta de profesionalismo
Confiar ciegamente en lo que arroja una pantalla es pura pereza. La IA puede servir para ordenar datos o ayudar a romper la página en blanco, pero no tiene criterio, sentido común ni la más mínima idea de cómo se habla en el mundo real.
Cuando un redactor firma (o no) y publica un texto sin revisarlo, entrega el oficio, se “regala”. Le deja la mesa servida a los directivos para que piensen que el periodista ya es un gasto prescindible, porque si el resultado final va a ser una catarata de errores absurdos, entonces la diferencia entre un profesional y una máquina empieza a diluirse.
Un suicidio laboral
El verdadero valor del trabajo periodístico está en la verificación, la experiencia, el contexto y la capacidad humana de detectar cuándo algo no tiene ningún sentido.
Entregarle el control total a un software bajo la lógica de que “no pasa nada” si se filtra una burrada, es un suicidio ético y profesional.
La máquina no vino a destruir al periodismo por mérito propio. El problema aparece cuando algunos usan la tecnología como un atajo para trabajar menos y producir más rápido, resignando calidad, criterio y responsabilidad.
Para que la tecnología sume y no termine siendo el verdugo de las redacciones, la edición humana no puede negociarse. El redactor debe seguir siendo el filtro final y el dueño absoluto del sentido del texto.
Recuperar el rigor, la revisión y el amor propio por la firma (o ponerse la camiseta del medio, al menos), es la única manera de demostrar que el factor humano sigue siendo irreemplazable.

