Lo que debería ser parte del folklore del deporte volvió a cruzar un límite peligroso. Esta vez no hubo cancha llena ni clásico caliente: la violencia apareció en una plaza, a plena luz del día, y tuvo como blanco a un jugador profesional que nada tenía que ver con disputas de tribuna.
El episodio ocurrió el viernes en Plaza Güemes, en Mar del Plata, donde Alejandro “Colo” Reinick fue sorprendido por un grupo de al menos tres personas que comenzaron a increparlo hasta pasar directamente a la agresión física. El pivote, que actualmente se desempeña en Quilmes, estaba aprovechando un momento de descanso en medio de la competencia cuando todo se descontroló.
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De acuerdo a lo que detalló el periodista especializado en básquet Pablo Tosal en sus redes sociales, los atacantes serían simpatizantes de Peñarol que frecuentan la zona. Sin mediar demasiado, lo rodearon, lo insultaron y lo golpearon, en una escena que expone cómo la violencia ligada a las rivalidades deportivas puede irrumpir en cualquier contexto.
El caso generó un fuerte repudio, incluso entre hinchas de ambos clubes. No es un dato menor: Reinick supo vestir la camiseta de Peñarol y fue parte de una etapa dorada, en la que consiguió tres títulos y dejó una huella importante en la institución.
Lejos de cualquier clima de partido, lo sucedido reabre una discusión incómoda: hasta dónde puede escalar la lógica de “enemigos” en el deporte. Porque esta vez no fue una pelea entre barras en una tribuna, sino una agresión directa a un trabajador, en un espacio público.
Tras el ataque, el jugador se dirigió a la Comisaría Segunda para radicar la denuncia correspondiente, mientras crece la preocupación por un fenómeno que, lejos de apagarse, sigue sumando episodios fuera de control.

