Ciertas escenas que explican una época mejor que mil editoriales. Luis Majul sosteniendo un muñeco parlante de Javier Milei en cámara es una de ellas. No hizo falta que dijera demasiado porque el gesto alcanzó.
Este miércoles por la noche, ahí estaba frente a cámaras en LN+, el “periodista” que supo venderse como incisivo, serio y “profesional”, convertido desde hace décadas en presentador de juguetería política, con la emoción torpe de quien cree estar participando de un momento histórico cuando en realidad está protagonizando un meme.
El muñeco (porque llamarlo figura de acción ya sería generoso), sintetiza una Argentina rara. La de un presidente que vocifera contra el comunismo global, pero ahora transformado en plástico importado de un país colectivista, y un “comunicador” que dejó el periodismo en algún peaje de la Panamericana para abrazar, sin pudor, el rol de custodio simbólico del relato oficial.
Porque Majul no entrevista, simplemente custodia. No pregunta, únicamente acomoda. No duda, sino que afirma y asiente. Y cuando ya no alcanza con asentir, se pasa directamente al merchandising.
El problema no es el muñeco de Milei. El problema es el señor grande que lo muestra con una seriedad que da ternura… o vergüenza, según la hora del día.
El muñeco chino y la épica de cartón
Que el juguete sea chino es casi poesía, un guiño del destino. Milei, el paladín del mercado puro, el cruzado contra todo lo que huela a rojo, convertido en producto típico de importadora mayorista.
Mientras se ajusta a jubilados y se celebra la motosierra, algún operario en Shenzhen estuvo lijando el flequillo libertario para que llegue a tiempo al prime time argentino.
La contradicción es tan grande que ya ni duele, solo da risa. Milei grita “casta”, pero su fetiche político se fabrica en serie. Denuncia el Estado, dice ser su topo destructor desde adentro, pero necesita periodistas militantes que le expliquen a la audiencia que todo va bien, incluso cuando no va y que muestren su figura más parecida a la de otro topo: Gigio.
Y Majul, siempre dispuesto, aparece como ese amigo que no te dice que tenés espinaca en los dientes para no incomodarte. Hace casi de aquel Juan Carlos Mareco, pero infinitamente menos querible.
No es obediencia, más bien es devoción retribuida. No es alineamiento editorial, sino una sobre fascinación. Majul no parece un entrevistador del poder, sino alguien que todavía no puede creer que lo dejaron sentarse en la mesa.
Periodismo de rodillas, rating de juguete
Lo más incómodo no es la chicana política. Es el cringe. Ese momento en el que el espectador siente que está viendo algo que no debería existir. Un periodista promocionando un objeto partidario con sonrisa cómplice, como si no quedara nadie mirando que recuerde vagamente qué se supone que hacía antes (aunque todos sabemos que nunca lo hizo).
Majul ya ni siquiera pareciera que opera, prácticamente acompaña. No analiza: traduce. No cuestiona, al contrario, justifica. Y cuando la realidad se pone espesa, saca un muñeco. Porque si la política se vuelve insoportable, siempre queda el plástico.
Milei, por su parte, parece cómodo en ese mundo de utilería, con símbolos simples, enemigos claros, contradicciones que se barren bajo la alfombra mediática. Total, siempre hay alguien dispuesto a agacharse un poco más para que el relato no se caiga.
Entre el ridículo y el topo, entre el juguete y el ajuste, queda una postal perfecta de época, queda “un presidente de discurso incendiario y un periodista convertido en souvenir”. Y la sensación amarga de que, mientras algunos todavía buscan explicaciones, otros ya están vendiendo muñecos.

