Hay un “pibe” de Quilmes que le grabó en la cara a Duki uno de sus sellos más reconocibles, aunque ya no sea tan pibe. Son las alitas bajo los ojos que hoy aparecen en gorras, riñoneras y colaboraciones millonarias. Ese pibe es Iván Grasso, conocido en todo el ambiente del trap y el arte callejero como El Iván de Quilmes, y está harto de esperar.
Después de meses de promesas, decidió hacer lo que había que hacer, es decir poner abogados en el medio y hacer todo público.

Del conurbano a los tribunales
Iván no es un tatuador cualquiera. Autodidacta, skater y DJ, lleva más de una década tatuando a los grandes del trap argentino: Duki, Cazzu, Khea y Neo Pistea.
Su estilo (el “traditurro”, mezcla de old school con estética de barrio) lo puso en el mapa mucho antes de que el trap explotara en la Argentina. Y fue justamente desde esa cercanía, desde esa confianza de pibe que conoció a los artistas antes de que fueran famosos, que nació el conflicto.
El diseño de las alas terminó siendo utilizado en el merchandising oficial de Duki y en colaboraciones con Adidas, New Era y Netflix, sin que nadie le avisara ni le pagara por el uso de su creación. El tatuador sostiene que jamás firmó una cesión de derechos ni autorizó la explotación comercial del diseño.
En un descargo que publicó en redes sociales, Iván fue directo al hueso: “Siguen usando mi obra y mis dibujos sin autorización, sin licencia y sin siquiera tener la delicadeza de avisarme o hablarlo conmigo”.
La discusión por los derechos de autor
Aunque no todos lo sepan este es un tema cada vez más frecuente en la industria musical y del diseño. Se trata de los derechos de autor y la propiedad intelectual detrás de los tatuajes y las obras visuales asociadas a artistas famosos.
Lo que para muchos fans es apenas un detalle estético, para el tatuador representa una obra artística original que, en este caso, terminó convertida en parte de la identidad visual de uno de los músicos más importantes del país.
Según Iván, el problema es más que el tatuaje en sí, se trata del hecho de que su diseño aparezca reproducido en productos oficiales y campañas comerciales sin compensación económica.
El reclamo apunta a una cadena de negocios enorme que incluye indumentaria, accesorios y contenido audiovisual vinculados a la marca personal de Duki.
Duki reconoció el problema
Uno de los puntos más explosivos del escándalo es que el propio cantante reconoció la situación en conversaciones privadas que luego fueron difundidas por el tatuador. Allí, según mostró Iván, el trapero admite el error y le asegura que su equipo iba a comunicarse para resolverlo.
Pero ese acuerdo nunca llegó. Y el cansancio terminó transformándose en bronca pública. “Hace bastante tiempo me vienen diciendo que me van a reconocer y pagar lo que me corresponde por mi arte, pero pareciera que si uno no pone abogados en el medio, nadie escucha”, escribió el tatuador.
Después aclaró que el conflicto algunos lo quieren curcunscribir a ambición económica, pero en realidad se trata de una cuestión de respeto profesional: “Lo más triste es que esto nunca fue por plata. Duele que se aprovechen del esfuerzo, de la creatividad y de la confianza de alguien que siempre actuó de buena fe, creando y ayudando”.
Una denuncia formal y un reclamo que excede al trap
Actualmente, Iván avanza con una denuncia formal por daños y perjuicios junto al estudio jurídico Franco Trigo Abogados. El caso podría convertirse en un antecedente importante para el mundo artístico argentino, especialmente en un contexto donde los límites entre arte callejero, branding y negocios multimillonarios son cada vez más difusos.
Mientras tanto, en redes sociales el debate ya explotó. Muchos usuarios respaldaron al tatuador quilmeño y señalaron que detrás de las grandes figuras del espectáculo suele haber artistas y creativos invisibilizados. Otros defendieron a Duki y sostuvieron que el conflicto debería haberse resuelto en privado.
Lo cierto es que, más allá de la discusión mediática, el reclamo ya llegó a la Justicia. Y el pibe de Quilmes que ayudó a construir una de las imágenes más reconocibles del trap argentino ahora quiere algo bastante básico: que reconozcan que ese arte también tiene dueño.

