Tengo 58 años. Estoy en esa edad donde todavía me siento un pibe para algunas cosas, pero el cuerpo y el calendario me recordaron, con una sutileza impiadosa, que el “club de los jóvenes” me cerró las puertas hace rato.
En varias ocasiones detecté que tanto en medios de comunicación como en redes sociales, el avance de la gerontofobia no para de crecer. Se trata de un odio irracional y un desprecio hacia las personas adultas mayores.
Pasé gran parte de mi vida viendo cómo nuestra civilización occidental entronizó la lozanía como si fuese un mérito ético. No es como en Oriente; acá las canas son un pecado, ser pelado una deshonra, y la piel tersa es el único pasaporte para la relevancia social.
Esta obsesión por los implantes capilares y el cutis sin arrugas parió un monstruo que hoy viene de los chicos de veinte pero paradójicamente también de quienes ya peinan canas pero se niegan a soltar el micrófono de la juventud eterna.
El “empoma viejas” de Caballito
El ejemplo más bizarro de esta patología social saltó a la luz con el caso de Manuel Adorni.
El Jefe de Gabinete está bajo la lupa por la compra de un departamento en el barrio de Caballito a través de un crédito otorgado por las propias vendedoras, algo que Mario Pergolini calificó ocurrentemente diciendo que “Adorni tiene un gran culo como comprador de casas”.
Mientras se investiga el patrimonio y el enriquecimiento del funcionario libertario, el análisis mediático tomó un desvío revelador en manos de Pergolini.
En su regreso con “Otro día perdido“, apeló al humor para desmenuzar el asunto, pero lo que me dejó helado fue el recurso estético del chiste. Se refirió a las vendedoras como “dos viejitas”, “dos ancianas”, e incluso impostó esa voz temblorosa de quien está a un paso del geriátrico. Lo remató con una frase que condensa todo el fenómeno: “Mirá esa carita de mata viejas que tiene”, refiriéndose al ex vocero y actual mano derecha de Milei.
El nudo del espejo roto
Acá es donde el asunto se puso académicamente fascinante y humanamente triste.
Pergolini nació en 1964; tiene 61 años y está por cumplir 62. Una de las mujeres a las que él caricaturizó como una “viejita” tiene 64 años. Es decir, apenas tres años más que él.
Por lo tanto, estamos ante el nudo gordiano de la gerontofobia: alguien que, desde su propia generación, empuja al abismo de la obsolescencia a alguien que es prácticamente su contemporánea para no sentirse parte del mismo grupo.
Es un mecanismo de defensa casi infantil. El joven desprecia al viejo porque cree que nunca va a llegar ahí. Pero que alguien de 61 trate de “anciana” a una de 64 es un ejercicio de negación patológica.
En su afán por mantenerse rozagante, necesitó crear una distancia abismal con “los viejos”, aunque esa distancia sea apenas un suspiro cronológico.
La amplificación del desprecio
El problema es que los medios amplifican este discurso. Cuando una figura de peso trata a una persona de 60 y pico como a alguien “terminado”, valida el prejuicio de que después de la mediana edad solo queda el retiro.
Es una forma de bullying generacional que se disfraza de humor pero que esconde un miedo atroz a la propia decadencia.
A mis 58, me niego a aceptar que el destino sea convertirnos en caricaturas de nosotros mismos, con implantes y tinturas (que supe utilizar equivocadamente) para seguir siendo aceptados.
La gerontofobia avanza porque compramos la idea de que envejecer es un fracaso personal. Pero la realidad es que, por más que hablemos como pibes de veinte, el espejo no miente. Y burlarse de la edad del otro, cuando se tiene la misma, no es humor; es simplemente no haber entendido nada sobre la dignidad de estar vivos.

