En la Argentina actual, la pregunta “¿qué querés ser cuando seas grande?” parece haber chocado contra un muro de silencio e incertidumbre. Lejos de ser un indecisión adolescente, se trata de un fenómeno estructural más complejo, Argentinos por la Educación en su último informe resalta la idea que existe un “debilitamiento de los marcos de referencia desde los cuales los jóvenes imaginan su futuro laboral”.
El estallido de la incertidumbre
Esta organización, se basa en el resultado de las pruebas PISA para sostener que el panorama es drástico; más de la mitad de los alumnos de 15 años en Argentina no logra identificar una ocupación concreta para su vida adulta. Cifra que preocupa por su magnitud y por la velocidad, cada vez más chicos se sienten identificados con la incertidumbre de proyectar un futuro, en apenas cuatro años, entre 2018 y 2022, la incertidumbre saltó del 22 al 52 por ciento.

Esta falta de respuesta no es un error en el examen, se trata de una incertidumbre genuina sobre sus propios planes laborales, ya que esos mismos jóvenes sí pueden describir con detalle a qué se dedican sus padres, pero no logran proyectar ese ejercicio sobre sí mismos.
Actualmente, el miedo al futuro es una característica común a los adolescentes, una sensación que varía en intensidad pero que suele estar ligada a una escasez de expectativas de logros.
El desencanto: “Ya no busco más”
Mientras los adolescentes de 15 años navegan en la duda, los jóvenes de entre 18 y 24 años están empezando a retirarse de la cancha antes de que termine el partido, así lo describe en una entrevista en INFOCIELO PLAY, Mara Ruiz Malec, economista y funcionaria del gobierno de la provincia de Buenos Aires, advierte sobre el fenómeno particular “tenés menos jóvenes activos con un crecimiento de la tasa de desempleo”.
El diagnóstico es crudo porque se está llegando a un proceso de saturación donde los jóvenes, al no ver horizonte, simplemente dejan de buscar empleo. Según Ruiz Malec, se determina que la persona dice explícitamente: “No, yo ya no busco más”. Este fenómeno de desánimo ocurre en un contexto donde los ingresos no alcanzan, lo que genera estrategias de supervivencia que muchas veces excluyen a los más jóvenes del mercado formal.
Aspiraciones de “alto estatus” vs. una realidad de servicios
A pesar de la nube de incertidumbre, aquellos que sí logran proyectar un deseo lo hacen apuntando alto, aunque de manera poco diversificada. El 60 por ciento de los estudiantes argentinos que tienen una meta planean ser profesionales científicos e intelectuales.
Las preferencias están marcadas por el género, mientras en las mujeres, el podio lo ocupan medicina (11,6 por ciento), Psicología (10,9 por ciento) y Abogacía (9,8 por ciento), los varon tienen un sueño más diversificado entre deportista (11 por ciento), Ingeniero (8,2 por ciento) y Profesional de TICs (6,6 por ciento).
Sin embargo, estas aspiraciones chocan con la realidad de la estructura del empleo juvenil en el país. Mientras el 60 por ciento sueña con ser profesional, los datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) de 2025 muestran que solo el 8,4 por ciento de los jóvenes de entre 25 y 34 años efectivamente desempeña ocupaciones profesionales. En contraste, la mayoría real —el 27,2 por ciento— termina trabajando en el sector de servicios y ventas, un área que solo el 10 por ciento de los adolescentes mencionaba en sus deseos iniciales.
La brecha de la vulnerabilidad
La percepción del futuro no es igual para todos, desde Argentinos por la educación se sostiene que la incertidumbre actúa como un espejo de las desigualdades sociales. El 59 por ciento de los estudiantes del quintil más pobre no tiene expectativas claras sobre su ocupación futura, frente al 39 por ciento de los jóvenes de hogares con mayores ingresos.
Esto mismo ocurre en las aulas, el 56 por ciento de quienes no alcanzan el nivel mínimo en matemática vive en la neblina laboral, mientras que ese porcentaje baja al 38 por ciento entre quienes tienen mejor desempeño académico. Curiosamente, en Argentina, los varones presentan mayores niveles de incertidumbre (55 por ciento) que las mujeres (48 por ciento), rompiendo con algunos patrones regionales.

¿Cómo se vincula con la política?
Este vacío de respuestas no ocurre de forma aislada, sino en un marco histórico que empieza a ser cuestionado por los hechos. La relación de la generación Z con la política está atravesada de discursos muy críticos sobre los resultados tras 40 años de democracia ininterrumpida. Para muchos adolescentes, el sistema no ha logrado construir ese puente sólido hacia la adultez, transformando el futuro en algo inimaginable o, en el mejor de los casos, en una fuente de temor constante. La política, percibida a través de la economía, parece haber fallado en su promesa de estabilidad. Cuando la falta de horizonte se vuelve la norma, el joven deja de ver al Estado o a las instituciones como garantes de sus sueños profesionales.
Esta desconexión política se manifiesta en una saturación que es, en el fondo, una forma de protesta silenciosa o resignación. Al declarar explícitamente que no, yo ya no busco, los jóvenes de 18 a 24 años están señalando el agotamiento de un modelo donde los ingresos no alcanzan y el esfuerzo de búsqueda no garantiza una salida. Esta percepción de que el sistema laboral está saturado alimenta una visión descreída de la gestión pública, donde la brecha entre el 60 por ciento que aspira a ser profesional y el escaso 8,4 por ciento que efectivamente lo logra en la realidad laboral se percibe como una promesa rota del ascenso social democrático. Para esta generación, la política se mide en la capacidad —hoy ausente— de volver a hacer que el futuro sea, al menos, algo que se pueda nombrar.
Sin embargo, existe un alto porcentaje que cree en la democracia, en el acto de ir a votar pero no en la omnipotencia del mismo, son muy críticos y exigentes sobre los resultados. La generación Z, que no está anclada en las formas tradicionales del voto, es un segmento electoral clave en la definición electoral. Por eso, esta crónica de una generación que no puede —o no se atreve a— imaginar su lugar en el mundo del trabajo revela una necesidad concreta que la política de resultados.
En tanto, la articulación entre la escuela y el mundo del trabajo, con políticas de orientación vocacional y de inserción laboral resultan clave para romper con este paradigma de temor a imaginar un futuro y que se empiece a ver como algo que se puede construir.

