La tranquilidad de Coronel Pringles se vio alterada por una escena inusual: un jabalí colgado en plena vereda junto a la mesa de mate de Gabriel Molina, un vecino y cazador local.
La curiosa postal despertó denuncias de vecinos que sospechaban de una venta clandestina de carne, lo que movilizó a la policía y a personal de Bromatología hasta su propiedad. Todo comenzó como un control sanitario y terminó convirtiéndose en un fenómeno viral en las redes sociales, gracias al combativo descargo de su protagonista.
Molina, quien se gana la vida con changas como alambrador, leñero, instalador de pisos de tanques y vendedor de leña, se mostró imperturbable ante la llegada de las autoridades.
Frente a los micrófonos de Diario El Orden, el medio local que cubrió la situación, justificó con naturalidad su accionar: “En mi casa no está pasando nada, está todo normal”. El hombre aclaró que trabaja en la vereda simplemente “para no ensuciar adentro”, mientras prepara la carne para elaborar sus propios chacinados.
Carne en la vereda y denuncias vecinales
La presencia del animal colgado llamó la atención en la localidad y despertó sospechas de comercialización ilegal. Sin embargo, Molina desmintió categóricamente cualquier intento de lucro comercial clandestino. “Si viene un vecino a comprarme carne acá, se la regalo. Al que realmente necesita, se la regalo. No la vendo”, sentenció, queriendo demostrar que su labor responde “altruistamente” a la subsistencia y a la solidaridad comunitaria.
Molina explicó que caza cada quince días y procesa las piezas para fabricar chorizo y panceta destinados al consumo familiar o para regalar a amigos y conocidos. Además, detalló que parte de su producción es entregada a los dueños de los campos que le otorgan los permisos para cazar, como agradecimiento por dejarlo transitar sus tierras. Lo que se dice “un ser del bien”.
La legalidad bajo la lupa
Respecto a las regulaciones, Molina insistió en que su accionar está plenamente encuadrado en la ley. “Tengo permiso por todos lados… El chancho está habilitado en toda la provincia de Buenos Aires”, afirmó, señalando que cuenta con la autorización de unos 40 campos de la zona para llevar a cabo la caza de jabalí, una especie exótica e invasora en la región.
El cazador detalló que posee la credencial de legítimo usuario de armas de fuego y que las transporta enfundadas y descargadas según la ley nacional.
Asimismo, defendió el cuidado de su jauría: “Cazo con perro, cazo con arma. Los perros míos no están lastimados, están gordos, están todos con veterinario, desparasitados y con remedio para las pulgas”. Para despejar sospechas, aseguró que siempre envía muestras para su análisis antes de consumir, previniendo la triquinosis.
La insólita amenaza del “gaucho soltero”
Sin embargo, lo que catapultó la noticia a nivel nacional fue el descargo que Molina dirigió hacia los vecinos denunciantes. Atribuyó la actitud de ellos a la “envidia” y a la incapacidad económica en un contexto de crisis. “El problema es que como no pueden comprar medio kilo de carne, les molesta que uno tenga tanta carne”, disparó sin rodeos.
Aprovechando su soltería, lanzó una polémica advertencia que desató furor en redes: “Ahora yo le quisiera decir a todos esos vecinos que se dediquen a cuidar las mujeres de ellos, porque yo estoy soltero y por ahí ataco por el lado de las mujeres de ellos. Me voy a empezar a dedicar a las mujeres de los vecinos que hablan”, dijo, sin preocuparse de que lo traten de “machirulo”.
Lejos de retractarse, Molina redobló la apuesta y advirtió que resolvería cualquier enojo de manera directa: “Que se enoje, lo arreglamos enseguida en el medio de la calle. Ningún problema”.
La brecha entre el asfalto y el campo
El caso expone una tensión más profunda: la brecha cultural entre las costumbres tradicionales del interior rural y las sensibilidades urbanas modernas. Ver un animal faenado en la vereda resulta chocante e insalubre para algunos, pero para Molina constituye un hábito natural de subsistencia criolla.
En este sentido, cuestionó el accionar vecinal frente a la falta de respuestas ante delitos reales: “A esos tienen que agarrar, a los que andan robando, como a los que le mataron el caballo a mi viejo y le sacaron dos cuartos. De eso no hay nada, ninguna denuncia”.
Con una habitual franqueza, el “carneador callejero” concluyó su jornada ignorando el revuelo y disponiéndose a preparar sus tradicionales chacinados. Mientras la policía y Bromatología constataban que el cazador poseía sus papeles y permisos en regla, el video de su entrevista acumulaba miles de reproducciones en redes.
Gabriel Molina dejó en claro que, pese a las denuncias vecinales, su estilo de vida no va a cambiar y que la vereda seguirá siendo el escenario de su singular faena.

