Era diciembre de 1974 cuando en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, Josefa “Pepita” Feliú dobló prolijamente la bandera argentina que solía colgar sobre la ventana de su casa en fechas patrias, y la guardó bien escondida en una valija con destino a las Islas Malvinas.
Junto a su marido y sus dos hijos, el 1 de enero de 1975 zarpó del puerto de Buenos Aires a bordo del buque Cabo San Roque rumbo a la Antártida Argentina. Diez años después de que la ONU reconociera la situación colonial del archipiélago, y siete años antes de que se desatase el conflicto bélico entre Argentina y el Reino Unido, un viaje de placer daba cuenta del clima hostil que se vivía en las islas.
La ocurrencia de los destinos escogidos por la familia no era tal, si se tiene en cuenta que la década de 1970 vivió un “boom” de turismo hacia la Península Antártica Argentina. Desde que la Dirección Nacional de Turismo, en conjunto con la Dirección Nacional del Antártico y la Empresa Líneas Marítimas Argentinas (ELMA) realizaran una serie de cuatro viajes entre 1968 y 1969, comenzaría entonces una oleada de turismo hacia el continente blanco, en la que en algunas ocasiones se hacía escala en las Islas Malvinas.
De acuerdo a las investigadoras de la Universidad Nacional de la Patagonia, Marie Jensen y María Elena Daverio, 16.824 turistas visitaron la Antártida Argentina a lo largo de 63 viajes que se llevaron a cabo en toda la década, y solo unos pocos pasaron por Malvinas.
El de la familia bonaerense era el último de los viajes que realizó la compañía española Ybarra entre los veranos de 1973 y 1975 a bordo del San Roque, un buque de los años cincuenta, con capacidad para 241 pasajeros en cabina y 582 en clase turista, que en la ocasión se encontraban repletas de argentinos y brasileños.
Las casi quince toneladas de hierro salieron de Buenos Aires con destino a Ushuaia, desde donde partiría a la Antártida, haría escala en las Islas Malvinas y volvería a Buenos Aires en una excursión de poco más de dos semanas.
“Muy parecido el viaje a los cuentos de Julio Verne”, escribió Juan Pedro, el marido de Pepita, en su relato de bitácora tras atravesar el bravo paso de Drake. La magnificencia de la Antártida, los enormes trozos de hielo que naufragaban a la deriva transportando graciosas focas; la vivencia de los investigadores argentinos asentados en las bases de la Armada y las camperas naranja fluo que les dieron para no perderse en la blanca inmensidad, serían otros de los tópicos de su crónica.
“Muy bueno el nivel de comida, los camarotes, la atención en los bares, cine, sala de gimnasia y otros entretenimientos”, señaló también sobre la vida a bordo del buque español, que una noche rumbo a las Islas Malvinas celebró un concurso de belleza en el que una argentina sería electa como la Reina por sobre una brasileña.
Ese era el clima de viaje cuando el Cabo San Roque echó anclas a un kilómetro de las Islas Malvinas en el verano del 75´. La temperatura, sin embargo, era más baja que en la Antártida, o por lo menos así lo sintieron los tripulantes que en lanchas surcaron el mar hasta la costa. Tal vez, los vientos de más 100 km/hora hicieron efecto.
“El pueblo lo integran unas 200 casas pintadas todas del mismo color y unos galpones en el puertecito con carteles que dicen Falkland Island Company, que es el dueño de todo en la isla. Solamente tiene unas 6 a 10 cuadras de pavimento, y eso era todo el pueblo. Los más importantes edificios son los argentinos de YPF, que proveen combustible y el de la Fuerza Aérea Argentina, que hace los vuelos al continente”, escribió JP.
En efecto, a partir de la Declaración de Comunicaciones de julio de 1971 entre Argentina y el Reino Unido, la Fuerza Aérea nacional construyó un aeródromo en la capital malvinense, en cuya pista aterrizaban los frecuentes vuelos de la Línea Aérea del Estado provenientes del territorio continental argentino.
La declaración de 1971 había sido el primer gran paso desde que la ONU instara a una resolución pacífica del conflicto por la soberanía de las islas, poco después de que un más ambicioso Memorándum de Entendimiento en el que ambas partes se comprometían a una solución amistosa, no terminara por salir adelante. La misma contemplaba, además, el envío de maestras de español, becas para que los isleños estudien en el continente, turismo, intercambio comercial y el sistema bancario, entre otros.
Mientras que YPF había desembarcado en 1974, abriendo una planta que denominaron Antares, y que proveía de nafta y kerosén a los isleños, en tanto que el gasoil lo vendía la Flakland Company.
Lo cierto es que los tripulantes del San Roque recorrían el pueblo cual grupo de egresados, muchos de ellos aún con las anaranjadas camperas haciendo juego. Las calles estaban vacías; los isleños, refugiados en sus casas, no daban prueba de su existencia. La desolación y el clima gélido eran el tono, aunque un jardín de rosas blancas, rojas y amarillas irrumpía en esa isla del Atlántico Sur.
De repente, una vieja casona inglesa con un enorme cartel que decía “Falkland” detuvo la marcha de Juan Pedro, quien vio en esa construcción la escenografía perfecta para desplegar el trapo celeste y blanco con el que habían recorrido miles de kilómetros. Sacó su cámara Pentax de 35 mm y dispuso a los jóvenes Osvaldo y Ricardo para que levantaran la bandera a través de una verja.
El gesto pasó desapercibido como un chorro de whisky en un té y, de rebato, apareció un corpulento hombre con gorro de lana y acento inglés.
–¡Hermosa bandera! –devolvieron los jóvenes antes la amenazante presencia.
El hombre balbuceó algo, escupió al suelo y restregó su zapato en el escupitajo.
La escaramuza debió ser cortada por el guía del San Roque, quien envió de vuelta a todos sus tripulantes, dando por finalizado el recorrido de un día por las Islas Malvinas. Mas, la familia de vascos tozudos izó la bandera una vez más antes de tomar las lanchas, ahora frente a los carteles de YPF, para tomar una última instantánea.
Finalmente, el “boom” turístico de viajes a la Antártida desde el puerto de Ushuaia y con escalas en las Islas Malvinas, caería de modo abrupto en los 80`, a la par de los avances que en materia diplomática habían alcanzado las negociaciones entre Argentina y el Reino Unido. La Dictadura argentina le pondría fin a las negociaciones para comandar de modo atroz y criminal, el heroísmo de los caídos en y por la guerra.
El buque de la Armada Argentina Bahía Buen Suceso sería uno de los últimos en transportar turistas antes de la contienda y, tras una activa participación en el conflicto adonde conoció la prepotencia de ataque de los aviones Sea Harrier, fue capturado y hundido por la Marina Real británica, dándole fin a una etapa de intenso tráfico comercial.







