En el programa “Palabras más, palabras menos” de LA CIELO FM 103.5, la filósofa Camila Sadi desplegó una profunda reflexión sobre la mirada social hacia el envejecimiento, la productividad y la pérdida de la memoria colectiva. Acompañada por la conducción de Nuria González Rouco, la charla partió de una observación cotidiana para interrogar la fragilidad de una sociedad acelerada.
El “ruidito roto” de la ciudad y las ataduras del consumo
“La filosofía no sale de un devenir del viento de un soplido esporádico, sino que viene de una serie de acontecimientos y en general la pregunta aparece cuando algo se rompe”, explicó Sadi al evocar la teoría de Heidegger en Ser y tiempo sobre el martillo roto. El detonante en esta oportunidad fue una escena urbana recurrente en las paredes de La Plata, afiches publicitarios de préstamos financieros dirigidos exclusivamente a adultos mayores.
En las imágenes de los créditos que empapelan nuestra ciudad se ve como sujeto al que apunta el préstamo a los jubilados, “me estaba tomando una birra con un amigo y nos quedamos mirando y pensando, ‘Qué extraño que la figura a la que apunta un crédito sea un jubilado y no un emprendedor o una familia'”, relató sobre el impacto visual de los carteles.
Para la pensadora, este contraste representa un síntoma desatendido en la vida comunitaria, “te hace un ruidito roto, viste cuando te hace una lucecita, un sonidito raro en el auto y decís: ‘No sé si tengo plata y tiempo para arreglar esto ahora’, entonces uno lo ignora, pero eventualmente hay que llevarlo al taller”. El problema adquiere dimensión al considerar el margen de aproximadamente 20 años que transcurren entre la edad de retiro laboral -60 a 65 años- y la expectativa media de vida -80 a 85 años-.
El rechazo al eufemismo y la analogía del fútbol
Durante la entrevista, la filósofa cuestionó el trato condescendiente que suele otorgarse a la ancianidad, “tengo algo muy en contra de decirle a los viejos ‘abuelitos’; me molesta muchísimo, capaz que no son abuelos. Digámosles viejos”. Asimismo, advirtió sobre el riesgo de aislar a los adultos mayores o reducirlos a una carga contable, “yo no quiero un viejo jubilado manejando un Uber porque no llega a fin de me ni quiero tampoco un jubilado pidiendo un préstamo para comprar los medicamentos, pero tampoco quiero que quede aislada e institucionalizada la vejez”.
En el intercambio periodístico, la mesa contrapuso el valor de la trayectoria frente a la urgencia del mercado laboral mediante una comparación futbolística, “tenés un Julián Álvarez que corre todas las pelotas y un Messi que no necesita correr, que necesita estar parado en el lugar donde él sabe”. Pese a esta ventaja estratégica que aporta la veteranía, Sadi lamentó que muchas empresas busquen jubilaciones anticipadas para desentenderse de los costos operativos y de cobertura médica.
Al mismo tiempo, marcó la paradoja de la digitalización acelerada, “muchas veces preferimos preguntarle algo a la inteligencia artificial que a una persona grande, porque preguntarle a una persona grande implica todo un trabajo de escucha, de tiempo, de paciencia”.
La “pobreza de experiencia” y el mandato de las pieles lisas
Para enmarcar el fenómeno, Sadi recurrió al filósofo berlinés Walter Benjamin y su noción de la “pobreza de experiencia” -Erfahrung-. “Benjamin lo que nos dice es que cada vez más somos más pobres en cuanto a nuestra experiencia, que cada vez nos cuesta más narrar lo que nos pasa, nos transmitimos información en términos funcionales, pero no nos estamos transmitiendo tanto experiencias ni vivencias”.
Frente a esta carencia, resaltó el contraste con comunidades ancestrales donde los ancianos actúan como custodios de la memoria colectiva, como los kimche (sabios) en la cultura mapuche o los guardianes del conocimiento maoríes. Sin embargo, la aceleración actual impone narrativas inmediatas: “Tiene que durar lo que dure un videíto de TikTok, un minuto”.
La estética contemporánea refuerza este repliegue al rechazar los signos biológicos del tiempo. Citando la obra La salvación de lo bello del filósofo Byung-Chul Han, Sadi explicó cómo la sociedad celebra aquello que está pulido y carece de pliegues: “Es como esta belleza un poco infantilizada en la que no hay paso del tiempo justamente porque nos enfrenta ante ese temor de que somos seres que se deterioran, que somos seres frágiles”.
Reivindicar las marcas del rostro y el encuentro en la “Birrita filosófica”
En contraposición al ideal de la piel impecable, la pensadora evocó un consejo materno para revalorizar la propia historia corporal: “Mi mamá siempre me decía: ‘Estas arrugas están bien porque son de haberte reído'”. Para Sadi, celebrar la transformación de los años resulta indispensable para contrarrestar el pesimismo de época.
Frente a la parálisis social, la propuesta consiste en generar espacios de escucha directa, como los encuentros intergeneracionales de su ciclo “Birrita filosófica” en bares. Allí, las personas mayores aportan una perspectiva serena sintetizada en la máxima tradicional: “Esto también pasará”.
Como ejemplo de construcción comunitaria del pasado, Sadi recordó la anécdota de los cumpleaños de 15 de décadas atrás, donde cada invitado llevaba un disco para armar la pista entre todos, “qué forma tan increíble de generar comunidad, de decir: ‘Bueno, todos llevamos algo y entre todos hacemos la fiesta’, en vez de decir ‘tercerizo en un otro y escuchamos todos lo mismo'”.


