La ciudad de Córdoba, como todo el país, atraviesa una de sus crisis más oscuras. Lo que comenzó como un incremento notable de personas viviendo en las calles del macrocentro se está transformando en una señal de degradación humana que estremece a la opinión pública.
En barrios como Güemes, Observatorio y Bella Vista, la alarma suena por la inseguridad, pero además por testimonios que indican que personas en situación de extrema vulnerabilidad están alimentándose de gatos y mascotas de los vecinos.
“Aparentemente las personas en situación de calle están alimentándose de gatos, de mascotas de los vecinos que andan sueltos por ahí”, dijo uno de los vecinos consultados.
Lautaro Celayes, presidente del centro vecinal de barrio Güemes de Córdoba, reconoció que en los últimos días “la atención mediática se centró en denuncias sobre robos de mascotas”.
El representante de la institución aclaró que, si bien existen estas denuncias, desde el centro vecinal buscan priorizar la emergencia social de fondo por sobre el “morbo” que genera el tema de las mascotas, resaltando la vulnerabilidad psicológica y los consumos problemáticos de quienes viven en la calle. Este fenómeno es descrito por los propios referentes vecinales como una prueba irrefutable de la rotura del tejido social.
Otra vecina de nombre Soledad Gómez ampliaba la explicación de la situación diciendo: “Hay arrebatos constantemente, roturas de vidrios de autos… es muy difícil dar el alerta a la policía porque en general están cubriendo otras cosas”. Luego agregó: “Vimos pasar chicos menores sacando cosas… se llevaban televisores, packs de bebidas… se llevaban cosas a mansalva”.
La situación evoca inevitablemente el doloroso recuerdo de 1996 en Rosario, cuando bajo las políticas neoliberales del menemismo, la imagen de familias cocinando gatos para sobrevivir se convirtió en un mito (negado como falso por aquel gobierno) que representaba el símbolo de la exclusión sistémica.
Hoy, tres décadas después, la historia parece repetirse con la misma crudeza, aunque paradójicamente en el corazón de la capital cordobesa, quizás el enclave en donde el gobierno libertario obtuvo su mayor porcentaje de adhesión en todas las elecciones desde 2023.
El hambre no espera al mercado
La crisis actual parece traducirse en algo más que casos aislados. Según datos oficiales, solo en el centro de la capital de la provincia mediterránea ya son 238 las personas que duermen a la intemperie, enfrentando olas de frío sin más refugio que los cajeros o las recovas del Cabildo.
A esto se suma un contexto no menos alarmante, cuando la semana pasada se popularizó el caso de un carnicero en la Patagonia que, ante el precio prohibitivo de la carne vacuna, comenzó a ofrecer carne de burro, mientras que en otras zonas del país se promociona también la venta de carne de guanaco.
Esta mutación de la dieta argentina, forzada por la persistente y camuflada inflación, más la pobreza estructural, refleja una economía donde el consumo de proteínas básicas se volvió un lujo.
Específicamente en Córdoba, la “emergencia social” está empujando a familias enteras, incluyendo niños y ancianos, a caer fuera del sistema. Los centros vecinales insisten en que este no es un problema que se solucione con más patrulleros, sino con una asistencia estatal urgente que hoy parece ausente.
Vulnerabilidad y violencia urbana
El clima en las zonas comerciales es de máxima tensión. El polo gastronómico cordobés, que alguna vez fue símbolo de esparcimiento, hoy es escenario de arrebatos constantes y conflictos entre quienes intentan mantener sus negocios y quienes mendigan por un plato de comida.
Los comerciantes denuncian niveles de violencia inéditos, donde la desesperación por el hambre rompe cualquier norma de convivencia.
Desde el municipio reconocen que la vida en la calle es el “último eslabón de la pobreza”. Sin embargo, el estigma y el “morbo” mediático sobre el consumo de mascotas muchas veces invisibiliza el drama de fondo: familias desalojadas y personas con consumos problemáticos que ya no tienen dónde ir.
La Argentina de 2026, entre gatos, burros y guanacos, parece estar gritando que el hambre ha vuelto a perforar el piso de la dignidad humana.

