Este jueves a las 14:00, las puertas de la Casa Rosada volverán a abrirse para albergar una reunión entre Javier Milei y Peter Thiel. En la superficie, la comunicación oficial del Gobierno describirá el encuentro como una misión de búsqueda de inversiones de uno de los capitalistas de riesgo más influyentes de Silicon Valley. Puede que haya mucho más.
Para quienes analizan la infraestructura del poder global, la presencia de Thiel en Buenos Aires es un hecho geopolítico de una magnitud que no debería pasar inadvertido para ningún sector que reclame la defensa del interés nacional.
El hecho de que Javier Milei se encuentre en visita oficial a Israel no fue obstáculo para que Thiel llevara adelante una agenda gubernamental. De hecho, almorzó el lunes con Santiago Caputo, el asesor de Javier Milei a quien se atribuyen lazos profundos con la SIDE. Mala señal.
Un excéntrico o un adelantado
Thiel no es un inversor convencional. Es el arquitecto detrás de Palantir Technologies, la firma que rescató a la comunidad de inteligencia de los Estados Unidos tras el 11 de septiembre al proveer el sistema operativo analítico para la CIA, el FBI y el Pentágono. Su visita no es una búsqueda de mercados de consumo; es la avanzada de una doctrina explícita que su socio y CEO de Palantir, Alex Karp, ha sistematizado bajo el título de “La República Tecnológica”. En este manifiesto, Karp y Thiel sostienen que la era de la diplomacia y el “poder blando” ha terminado: en este siglo, “el poder duro se construirá sobre el software”.
Para Argentina, el interés de Thiel es profundamente físico y territorial. Como revela la cadena de suministros de la Inteligencia Artificial, esta tecnología se sostiene sobre una base material de energía masiva y minerales críticos. Con reservas estratégicas de cobre, litio y uranio, sumadas al potencial de Vaca Muerta, nuestro país ofrece la infraestructura que la I.A. requiere para su despliegue físico. Thiel no viene por el “talento local”, sino por la base del iceberg tecnológico: la energía y el subsuelo nacional.
Pero las intrigas en torno al desembarco de Thiel van más allá de los recursos naturales y apuntan a la geografía política. En los círculos de poder global, a Thiel se lo vincula con el movimiento del “survivalismo de élite”. Bajo esta lógica, la Patagonia argentina —con su baja densidad poblacional, abundancia de recursos hídricos y aislamiento estratégico— asoma como el “refugio atómico” predilecto para la aristocracia de Silicon Valley ante un eventual colapso de la civilización en el Hemisferio Norte. No es solo un interés comercial; es un interés de preservación existencial sobre el suelo argentino.
Una mirada sobre el proceso electoral
A esta preocupación territorial se suma una amenaza inmediata a la arquitectura democrática: la manipulación del comportamiento electoral a través de la I.A. Con el antecedente de Cambridge Analytica aún fresco, el potencial de Palantir para segmentar, predecir y dirigir la opinión pública es inédito.
El abogado y especialista Jerónimo Guerrero Iraola ha sido tajante al respecto: “Que no nos extrañe que Palantir aporte el software para incidir en el proceso eleccionario del año próximo. Puede parecer conspiranoico, pero Cambridge Analytica existió (…) puede que se esté pergeñando el experimento conductual más trascendente de nuestra historia”.
Milei atraviesa su peor momento político, con índices de desaprobacion récord, denuncias de corrupción que salpican a su gobierno -y a su persona- y una alarmante falta de resultados (positivos) en la economía real, lo que hace pensar que una eventual búsqueda de la reelección es una quimera. ¿Podrán las artes de Thiel rescatarlo de ese abismo?
La implementación de la “doctrina Palantir” en las estructuras del Estado plantea un dilema de soberanía técnica irreversible. El manifiesto de la empresa es claro: “La pregunta no es si se construirán armas de I.A., sino quién las construirá”. Al delegar la gestión de datos críticos, la inteligencia criminal y la administración estatal en una “caja negra” extranjera, Argentina corre el riesgo de tercerizar su propia capacidad de decisión política.
En un mundo donde el software es el nuevo acero, la visita de Thiel es una invitación a integrar un ecosistema de poder donde la línea entre la cooperación técnica y la subordinación política se vuelve invisible. Ignorar la carga ideológica de este encuentro sería reducir la soberanía a una cuestión de planilla Excel, olvidando que, en la visión de Thiel, quien controla la infraestructura de datos y el territorio de refugio, controla el futuro.

