Mientras el consumo de carne vacuna se desploma y alcanza uno de sus niveles más bajos de las últimas décadas, el Gobierno vuelve a licitar la compra de productos cárnicos para la Casa Rosada y la Quinta de Olivos. La nueva convocatoria se conoció este miércoles, el mismo día que venció el plazo para presentar ofertas, y se suma a contrataciones previas que contemplaron alrededor de 27.000 kilos de productos cárnicos para las dependencias presidenciales.
El contraste vuelve a poner el foco sobre el destino de los alimentos que compra el Estado en las residencias oficiales, en un contexto en el que la carne vacuna dejó de ser un consumo cotidiano para una parte cada vez mayor de los hogares argentinos. Según el último informe de la Cámara de la Industria y el Comercio de Carnes y Derivados de la República Argentina (CICCRA), el consumo per cápita cayó 9,5% interanual en agosto y quedó en 46 kilos anuales por habitante, unos 4,9 kilos menos que un año atrás.
La cifra surge del promedio móvil de los últimos doce meses y representa el nivel más bajo de la serie de CICCRA iniciada en 2005. En paralelo, durante los primeros ocho meses del año el mercado interno absorbió 1,377 millones de toneladas de carne vacuna, unas 175.600 toneladas menos que en el mismo período de 2025.
Carne para la Casa Rosada y Olivos
La nueva convocatoria fue publicada bajo la Licitación Pública 23-0016-LPU26, impulsada por la Dirección General de Administración de la Secretaría General de la Presidencia. El objeto es la “adquisición de productos cárnicos y de pescadería con destino a Casa de Gobierno y R.P.O.”, en referencia a la Residencia Presidencial de Olivos. El llamado contempla carne vacuna, cerdo, pollo, otros productos cárnicos y pescadería. El plazo para presentar ofertas venció este miércoles 16 de septiembre.
La contratación se conoce después de otros procesos de compra que habían puesto la lupa sobre el volumen de alimentos destinados a las dependencias presidenciales. En uno de ellos se contemplaron alrededor de 27.000 kilos de productos cárnicos durante un período de seis meses, con más de 9.400 kilos previstos específicamente para Olivos, además de unos 3.600 kilos de pollo.
La documentación incluía miles de kilos de roast beef, nalga, paleta, lomo, ojo de bife, vacío, asado, bondiola y distintos embutidos, además de otros productos como carne picada, entraña y achuras. El detalle técnico llegaba incluso a establecer las características que debía reunir cada corte. Entre los productos solicitados figuraba, por ejemplo, el bife de chorizo fresco, deshuesado y a una costilla, con especificaciones sobre su aspecto, color, grasa y condiciones de presentación.
El volumen también incluía alrededor de 2.100 kilos de roast beef, 1.000 kilos de nalga para milanesas, 1.200 kilos de paleta, 540 kilos de bondiola y unos 260 kilos de chorizos y achuras, además de otros cortes y los 3.600 kilos de pollo destinados a Olivos.
El consumo de carne toca un piso histórico
La dimensión del contraste aparece con mayor claridad cuando se observa qué ocurre fuera de las residencias oficiales. En agosto, el consumo promedio de carne vacuna quedó en 46 kilos por habitante al año, frente a los 50,9 kilos registrados un año atrás. La caída fue de 9,5% interanual y significó que, en términos del promedio anualizado, cada argentino consumiera el equivalente a casi cinco kilos menos que doce meses antes.
El deterioro del mercado interno está asociado tanto a la menor disponibilidad de hacienda como al fuerte aumento de los precios de los cortes vacunos. De acuerdo con CICCRA, en agosto la carne vacuna acumuló una suba interanual del 51,2%, muy por encima de la inflación general, que se ubicó en torno al 33%.
Así, el problema dejó de ser solamente cultural o vinculado a cambios de hábitos: para muchas familias, la carne vacuna se convirtió en un producto cada vez más difícil de sostener dentro del presupuesto mensual. El pollo y el cerdo ganaron terreno como alternativas más económicas, mientras cortes tradicionalmente asociados a la mesa argentina comenzaron a aparecer con menor frecuencia en las compras familiares.
El contraste con el discurso oficial
El escenario también adquiere una dimensión política por el discurso que en los últimos meses comenzó a presentar la reducción del consumo de carne como parte de una modificación de los hábitos alimentarios argentinos.
Desde sectores vinculados al Gobierno se ha planteado que los niveles históricos de consumo de carne vacuna de la Argentina no son necesariamente comparables con los del resto del mundo y que el país está atravesando una adaptación hacia otros patrones de consumo. En septiembre, por ejemplo, el titular de una cooperativa porcina de Misiones sostuvo que el consumo argentino de carne vacuna estaba fuera de los parámetros internacionales y señaló que “lo nuestro no era normal”, en referencia a los niveles históricos de consumo del país.
El problema aparece cuando ese argumento se contrasta con las compras destinadas a las dependencias presidenciales. Mientras a los argentinos se les explica que deben acostumbrarse a consumir menos carne vacuna, los pliegos oficiales muestran contrataciones que contemplan miles de kilos de productos cárnicos para la Casa Rosada y Olivos.
La comparación, por supuesto, no permite afirmar por sí sola que exista una irregularidad administrativa. Tampoco que la totalidad de los productos previstos haya sido consumida por funcionarios o por el Presidente. Pero sí plantea una pregunta concreta sobre la administración de los recursos públicos: cuántas personas son alimentadas en esas dependencias, qué cantidades se consumen efectivamente y cuánto termina pagando el Estado por esos productos.
La propia existencia de la nueva licitación demuestra, además, que no se trata solamente de una compra puntual. La Secretaría General de la Presidencia continúa utilizando los mecanismos de contratación pública para garantizar el abastecimiento de alimentos de las dependencias oficiales. COMPR.AR es precisamente el sistema electrónico mediante el cual los organismos nacionales publican y gestionan sus procesos de contratación.
Una paradoja en la mesa argentina
La escena resulta difícil de separar del contexto económico que atraviesa al mercado de la carne. Por un lado, el consumo interno se encuentra en mínimos históricos, los precios de los cortes vacunos aumentaron muy por encima de la inflación y cada argentino consume casi cinco kilos menos de carne que hace un año. Por otro, las dependencias presidenciales continúan licitando el abastecimiento de productos cárnicos, con antecedentes de contrataciones que contemplaron decenas de toneladas.
A esto se suma el cambio en el destino de la producción. En los primeros ocho meses del año, mientras el mercado doméstico absorbió menos carne, las exportaciones crecieron 6,5%.
La paradoja es especialmente significativa en un país que durante décadas construyó parte de su identidad alrededor de la carne vacuna. La Argentina produce carne, pero cada vez menos argentinos pueden consumirla con la frecuencia de otras épocas. Y mientras el mercado interno se achica, el negocio exportador gana espacio.
En ese escenario, las compras para la Casa Rosada y Olivos agregan otra postal al debate. No porque la adquisición de alimentos para las dependencias oficiales sea en sí misma irregular, sino porque el contraste entre las toneladas previstas para el Estado y los kilos que las familias argentinas dejaron de consumir expone con particular crudeza quiénes pueden seguir sosteniendo determinados niveles de consumo en medio de la transformación de la mesa argentina.


