Cada vez que se publican los resultados de las evaluaciones internacionales PISA, el debate público suele quedar atrapado en una lectura lineal y alarmista que busca culpables políticos o celebra avances estadísticos marginales. Sin embargo, detrás de las cifras globales existe una discusión conceptual más profunda sobre qué se está midiendo realmente y para quién sirve esa información.
Así lo analizó la doctora en Educación Myriam Southwell en el programa Parecemos Buenos Amigos por LA CIELO 103.5. Con una sólida formación académica como licenciada y profesora en Ciencias de la Educación por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), un posgrado en Ciencias Sociales por FLACSO y un doctorado en la prestigiosa Universidad de Essex (Inglaterra), la especialista ofreció una mirada incisiva para desarmar los mitos que rodean a este examen estandarizado.
El planteo editorial de Parecemos Buenos Amigos fue claro: preguntarle a quienes estudian en profundidad un área tan sensible del conocimiento y evitar que la politica partidaria contamine el debate.
La OCDE no es la UNESCO: el sesgo empresarial del indicador
Aunque reconoció sin rodeos que el sistema educativo argentino atraviesa problemas estructurales complejos, la académica puso la lupa en la institución que impulsa las pruebas PISA a nivel mundial: la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).
“La OCDE no es la UNESCO. Hay quienes dicen, con una mirada crítica sobre esa institución, que es como el lobby de los empresarios. No es una institución cuya preocupación central sea la difusión de la educación o el impulso pedagógico, sino fortalecer una educación que sirva al mundo empresarial”, explicó la especialista.
Para la investigadora, la lógica de PISA responde a una “práctica aplicacionista rápida para el empleo” atravesada por la mercantilización. Advirtió que al priorizar la competencia sobre “quién va primero o quién es mejor”, el examen promueve un modelo individualista: “Hay algo que se pierde respecto a pensarnos como una sociedad que pueda trabajar en conjunto, que pueda tener una mirada hacia el otro que no sea el competidor al que le tengo que ganar”.
El “espejo deformado”: lo que la prueba no mide en el aula
Otro de los cuestionamientos centrales radica en las limitaciones metodológicas de intentar evaluar la complejidad de las aulas con una sola vara estandarizada.
La referente en Educación detalló que PISA solo evalúa el desempeño en áreas como Lengua y Matemática, dejando afuera dimensiones clave de la formación humana: “Aquellas asignaturas más vinculadas a la creatividad, a la posibilidad de problematizar el conocimiento o hacer un recorrido más autónomo, quedan fuera de consideración”.
Asimismo, advirtió sobre el comportamiento de los propios estudiantes frente a un examen que no incide en su trayectoria escolar: “Nunca puede hacerse una lectura unilineal, ni cuando suben ni cuando bajan, atribuyéndolo únicamente a una gestión o a una política puntual. Es una manera desacertada de pensarlo”.
Frente a la tentación de utilizar las pruebas PISA para defenestrar a la institución escolar, la académica remarcó la función indispensable que cumple el colegio como espacio de contención y tramitación de los dilemas sociales.
“Las instituciones han surgido justamente para mediar el conflicto que la sociedad humana tiene. La escuela permite tomar la diferencia de opinión, tomar la disidencia y hacer con eso algo productivo que nos permita seguir estando juntos”, enfatizó.
Finalmente, expresó su preocupación por la grieta que se ha abierto entre la comunidad y las aulas. “Ya no hay un acompañamiento comunitario mutuo: así como la sociedad tiene mucho que desconfiar de la escuela, también la escuela impugna muchas conductas sociales de las familias”.
No obstante, rescató el esfuerzo invisible de las familias en contextos socioeconómicos vulnerables que, ante la imposibilidad laboral de los padres, tejen redes solidarias con tíos, hermanos o vecinos para garantizar que los chicos no abandonen la escolaridad.

